23 de abril de 2017



TRAMA Y URDIMBRE

                    Una sábana infinita, blanca, helada, lo azota todo. La nieve, de cristales perfectos como balines, abraza enloquecida el horizonte siguiendo el ritmo caótico que marcan los rugidos de las ráfagas.
                    El minúsculo refugio se estremece cuando el viento cruzado parece retorcerlo como si quisiera arrancarlo de cuajo. La nieve acumulada ha construido una larga hipotenusa entre el muro de piedra y el frágil techo encastrado en él. Una corta avalancha cubrió el costado que da al sendero trabando la única puerta. Por la ventana, al frente, las níveas oleadas se adivinan trepando y cayendo por los riscos del precipicio.
                    Envuelto en toda su ropa de abrigo más dos mantas viejas que allí estaban, es una rolliza figura casi inmóvil. Una momia en su mortaja, rumia por lo bajo. En dos días de temporal ha quemado en la pequeña salamandra, poco a poco, casi todo lo que encontró en el sucucho. Los dos bancos y la mesita, desmembrados, son de la partida. Las pequeñas hendijas aquí y allá dejan pasar los punzones del hálito helado que sólo cede cuando acerca las manos a las tímidas lenguas de fuego.
                    Sabe que no debe dormirse, pues si el sopor le gana la partida hundiéndolo en un profundo sueño, el frío se lo lleva. Para evitarlo, permanece sentado en el piso, incómodo, arrimado al modesto fuego.
                    Pasan presurosas por sus yemas las páginas del único libro que cargó en su morral para aquella travesía - a la vez búsqueda y huida - cruzando el valle de montaña. A veces hace un alto y escribe con un lápiz, frases breves en los amplios márgenes.
                    La tormenta parece infinita y cargada de presagios. Desde que se descolgó en un santiamén por el cordón poniente, obligándolo a correr por refugio, su furia no ha dejado de crecer con el paso de las horas. Mala suerte, maldita mala suerte, se repite una y otra vez en una letanía.
                    En la segunda noche, aterido, su figura ya es sólo una sombra en la tenue luz del farol que fantasea en las paredes de troncos. Los dedos atenazados al grueso libro son como anclas enfrentando a la zozobra, al ulular del viento en las grietas, al ominoso estallido de la cellisca contra la ventana desnuda, a los enjambres helados en la oscuridad de afuera y en la del alma.
                    Lee y relee párrafos, imagina tramas ajenas, vive otras vidas y nombres, otros tiempos y lugares, cada uno hundido en su borrasca. Intuye que todas las tormentas son siempre la misma.
                    Para cuando la luz blanca, fría como el hielo, amanece en la ventana, no sabe si el libro es lo leído o si él es un personaje en la trama o acaso la voz que, con palabras ajenas, lleva el relato.
                    Alimenta el menesteroso fuego, escribe algo cada tanto y persiste decidido buscando el final del libro, que es también el suyo. Sospecha que no hay nada en esas páginas o en sus anotaciones que no sea una variación, una copia involuntaria de las historias que otros escribieron y que en un futuro ajeno tal vez alguien revivirá.
                    Quizás la ventisca no es más que la recreación de tantas otras que no fueron contadas. Tal vez deba relatar esta, exorcizarla, insertarla en la urdimbre infinita. Su mano presurosa guía al carbón hacia la celulosa, pero se paraliza al advertir que cuando las astillas se acaben sólo quedará para quemar las páginas del libro y con ellas su propia glosa.
                    Sabe, en un hilo de lógica, que no sobrevivirá. Que el frío extremo acabará con él. Poco importa cuando ceda finalmente la terrible borrasca, la prisión del refugio no le permitirá salir y si lo hiciera, un cielo ataviado de estrellas, lo hará sucumbir en el páramo blanco. Quizás sea bueno no guardar esperanza, no malgastar el tiempo en deshojar margaritas.
                    Una hora más de vacía espera no cambiará nada, no sumará significado a su vida como tal vez sí lo haga la magia oculta en esos folios. Pues si en la palabra, en el arquetipo de la rosa está la rosa, en las tramas paralelas y en el diálogo entre contextos imposibles quizás yace, involuntaria, alguna clave universal en un vericueto narrativo.
                    A medida que avanza comprende la ceguera de aquellos personajes reconociendo la propia, ve al constante viento del cambio barriéndolo todo, lo invisible de la urdimbre para los protagonistas de la trama confinada en ella y siente como propio el denuedo con que se enfrascan aquellos hombres en vanos asuntos a los que asumen como trascendentes.
                    Si la vida parece trunca de sentido, él le improvisará uno a la suya en ese precario refugio. Para ello vivirá en el libro y cifrará en sus hojas algunas frases que no serán destinadas a nadie pero tampoco al olvido. Quién sabe, balbucea, tal vez logre alguna cuya magia perdure en la memoria olvidada que viene engarzada en los vocablos. Al fin y al cabo los vivos y los muertos, cuando hablan, lo hacen con las palabras de aquellos a los que ya se llevó la cerrazón.
                    No hay espacio para la indecisión, quemará las naves, le marcará la cancha al tiempo, dibujará su trama. El libro se queda y en él sus garabatos. No serán cenizas por su mano. Se llevará consigo su íntimo diálogo con el narrador, con los lémures, y dejará algunas notas que ojeará un desconocido o nadie, lo que al fin tampoco importa.
                    Se apresura, lee y platica por horas con frenesí, hasta que la última página del libro se desliza y sus dedos trazan un postrer párrafo sobre el anverso inerte de la contratapa.  
                    Se le marca una ancha sonrisa y las pupilas brillan en el frío glacial. Todo en él se distiende gozoso.

                    Al extinguirse una solitaria brasa, su presente se esfuma y los fantasmas del libro bailan con el suyo, siguiendo el compás de la melodía intemporal que tararea el universo cuando aprecia su obra. 

                                                                                          A.S.