Cuentos



LA PIEL DE GALLINA




Para quien tiene miedo, todo son ruidos.
Sófocles
De algunos se cree que son valientes por que tuvieron miedo de escapar.
 Ralph Waldo Emerson


Los ojos vacíos y los enormes dientes puntudos del esqueleto convocaban un miedo ancestral. El tiranosaurio, convertido en piedra por el tiempo, reinaba inmóvil por una pirueta de millones de años, en el mismo paraje en que sembró espantos.

Llegué a ponerme al alcance de esas descarnadas mandíbulas algunos años atrás, por una de esas casualidades galácticas, cuando en una tarde de verano que venía preñada con nubes de tormenta, decidí hacer un alto en un viaje a la meseta patagónica y bajar desde la ruta hacia el pueblo de El Chocón, al que no conocía. En la intersección desvié hacia el bajo apuntando como una flecha a las aguas de color esmeralda inmaculado, allí donde el Limay forma un lago en la llanura, cuando interrumpe su viaje milenario encerrado por una pared de piedras coloradas.

Dejé que mi vieja camioneta ronroneara agradecida en la suave bajada y en un momento divisé a mi izquierda, a una decena de metros, sobre una redonda colina marcada en su tope por un cuello de piedras blancas, la pesada efigie de un tiranosaurio, descomunal, erguido en sus dos patas, con su piel manchada, sus garras, su larga cola enhiesta y sus fauces abiertas mostrando una lengua rojiza y su dentadura de carnívoro impenitente. 

- ¡Qué grande debió ser el bicho y que inconveniente habrá sido encontrárselo así, en el medio de la nada, a tiro de sus fauces y sin refugio a la vista adonde correr para guarecerse! – pensé esbozando una sonrisa. El truco publicitario surtió efecto y luego de recorrer el caserío, poblado de árboles y jardines arrancados a la arena y dejar que mi negro Argos corriera persiguiendo pájaros en la larga represa, seguí las indicaciones hasta llegar a las puertas del museo de fósiles.

Argos se quedó a cargo mostrando su hocico por la ventanilla a medio abrir, y yo marché decidido al encuentro de un pasado remoto. Llegué con lo justo, pues avanzaban ya las sombras del atardecer y con ellas la hora de cierre de la muestra. Recuerdo haber hecho el recorrido con un guía quien, generoso en explicaciones, relataba la historia de la vida atrapada en pedazos de piedra que el tiempo depositó, caprichosamente, en los estratos geológicos que ahora el viento y la lluvia convertían en polvo. Desde pequeñas criaturas marinas y terrestres, trozos petrificados de araucarias inmensas, hasta llegar al sector de los dinosaurios, donde herbívoros y carnívoros menores precedían al indudable rey de la muestra, ese monstruo de proporciones increíbles, ese primo del tiranosaurio, que es el más grande jamás encontrado.

Mientras caminaba a su alrededor no podía quitar mi vista de esas quijadas, notar su aspecto amenazante aunque se tratara de huesos desnudos, garras inertes y cuencos vacíos donde alguna vez hubo ojos que supuse amarillos con esa línea negra sibilina de los reptiles. Y ayudado por la réplica completa que moraba a su lado, a medio iluminar, imitando sus originarios 14 metros de largo, tres pisos de alto, una cabeza dentada descomedida, la agilidad de un felino y la velocidad de un caballo de carrera, supongo que era inevitable imaginarlo vivo en esa habitación, conmigo adentro sirviéndole de aperitivo. Entendí sin más porqué nuestros pobres ancestros, esos pequeños predecesores de los mamíferos, con estos lagartos de vecinos, probablemente vivían en pequeños escondrijos y sólo salían de parranda de noche, cuando a estos saurios se les hacía difícil verlos y merendárselos.

Todavía tengo sobre mi biblioteca la foto que me tomó el guía, donde aparezco sonriendo a la cámara mientras se asoman por detrás las fauces abiertas y descarnadas del monstruo que parece mirarme con sorna desde las concavidades vacías y ominosas de sus ojos.

Sé que fui el último en salir porque cerraron la puerta tras de mí y en el pequeño estacionamiento, iluminado apenas por la luz anaranjada de un par de luminarias, sólo quedaba mi camioneta con el fiel guardián dormido a sus anchas en todo el asiento. La noche había comenzado a cerrarse de la mano de las nubes oscuras que ya estaban sobre nosotros y los relámpagos, las ráfagas cada vez más fuertes y el retumbar de los primeros truenos, anunciaban el aguacero.

Abrí la puerta y dejé que mi perro retozara a sus anchas por matorrales y acacias del bosque inmediato, mientras apoyado en el capot me solazaba mirando el espectáculo de esos fuegos primigenios que caían de las nubes, estallaban azulados y rosáceos como rajando el cielo y creaban a sus gemelos en el espejo del lago.

Juzgué que no era buena idea volver en ese momento a la carretera, la segura lluvia arremolinada por los vientos y quizás algo de granizo, hacían que conducir importara un peligro innecesario, más aún sabiendo que a mí no me corría prisa alguna. Decidí entonces buscar refugio en la cantina de una posada con ventanal al lago que había visto al llegar horas antes, donde logré refugiarme cuando empezaban a caer los primeros goterones. Me senté, a salvo de la descortés intemperie, en una cómoda silla que presidía una mesa de mantel a cuadros en un cálido rincón apenas iluminado.

La tormenta azotó la lejana llanura, los bosques, el lago y todo el horizonte. Mientras el cielo se derramaba a baldazos sobre el tejado y el viento zamarreaba los árboles como endebles figurines, desde mi atalaya, acompañado de vino, queso de oveja y pan casero, veía titilar a la distancia las luces del pueblo haciendo señales en código Morse a destinos recónditos.

El temporal estuvo sobre nosotros lo que duran dos copas de buen licor y una vez que estuve seguro de que no volvería sobre sus pasos, pagué la cuenta y me marché para seguir camino. Encendí la camioneta y le lancé al fiel amigo unos trocitos de carne que pedí antes de marcharme, los que engulló casi en el aire. Un postrer rayo cayó dibujado sobre las lomadas y de la mano de su luz refulgente se apagó todo el pueblo. El trueno hizo temblar la camioneta en el momento en que prendía las luces. Bajo una suave llovizna comencé a desandar las calles del poblado rumbo a la calzada que, subiendo las colinas cercanas, llevaba a la carretera.

El corto vendaval había dejado el pavimento alfombrado por un manto de hojas y de tanto en tanto alguna rama arrancada de cuajo, mostrando las cicatrices de sus retorcidos muñones de madera clara. Espontáneos arroyuelos cruzaban perpendiculares rumbo al bajo. Surcar aquel laberinto oscuro de calles desconocidas, pobladas de los obstáculos abandonados por la tormenta, era una metáfora de la vida, un inevitable perderse para poder encontrarse.

No había un alma a la vista. Ningún otro vehículo parecía animarse a enfrentar la noche, que se cegaba con un abrazo negro al pasar el embudo formado por las luces de la camioneta. Cada tanto el reflejo de los relámpagos que todavía restallaban como luces fantásticas y caóticas, aquí y allá, iluminaba a intervalos retazos del paisaje.

Finalmente salí de los límites de la villa y luego de tomar una rotonda encaré el camino que subía por entre suaves lomadas rumbo a la carretera principal. Fui trepando la cuesta lentamente, dejando que el motor hiciera su trabajo sin prisas, sin esfuerzos, mientras el pavimento negro brillaba mojado y las cubiertas acompañaban el viaje con el siseo que crean al abrir en dos el fino manto de agua a su paso.

Más o menos a mitad de la pendiente recordé que a mi derecha debía estar, sobre una de las suaves colinas al borde del camino, la figura inmensa del dinosaurio coronando el círculo de piedras blancas. Mientras las luces se refractaban en la gotas de suave lluvia y el motor regulando iba perezosamente ascendiendo la subida, horadé la penumbra sin descubrir la descomunal silueta.
Un relumbrón iluminó todo el entorno y claramente divisé el cerro rematado por el círculo de rocas blancas. Sin embargo no alcancé a distinguir la esfinge. Disminuí la marcha y me estiré por sobre Argos para dar vueltas a la manivela y abrir casi a medias la ventanilla del acompañante. El repiquetear acompasado de las gotas y el agrio perfume del ozono inundaron el habitáculo. Casi de inmediato dos relámpagos, perfectamente encadenados, hicieron que todo el paisaje alrededor se encendiera por varios segundos con una potente luz metálica. Pude ver en detalle la colina, el faldeo, los matorrales y esa especie de escote de blancas y refulgentes piedras. Mas el preciso lugar donde debía estar la descomunal figura que mis ojos buscaban con denuedo yacía desierto, vacío, con sólo el destello de las gotas que caían, como fantasmal cortina, sobre el gran charco barroso que había donde antes estaba el maldito lagarto de utilería.

Aminoré la marcha de inmediato y girando a la derecha subí lentamente a la banquina hasta apuntar directo a la inmediata colina y me detuve pisando el freno. Prendí las luces altas a la vez que subía la perilla de los cuatro reflectores y entonces, sin las trampas de la luz caprichosa de las centellas, comprobé sin lugar a dudas que el remedo de alimaña gigante no estaba donde se suponía que debía estar y que en su lugar sólo había piedras y barrizales. La lógica hizo que mi cerebro, ya en alerta, inventariara el paisaje en busca de esa silueta quizás caída hacia un costado o depositada muy cerca de la ruta si, en un improbable supuesto, había rodado con su inmensa masa empujada por un viento tan fuerte que habría avergonzado un par de huracanes.

-¡Nada, nada de nada! -  mascullé mientras intentaba ordenar mis ideas y encontrar opciones razonables para explicar la desaparición. Así noté que un par de las piedras blancas de considerable tamaño y peso que delimitaban el sitio del adefesio publicitario, estaban corridas hacia un costado y semienterradas en la grava. Por el medio de ellas desfilaba un ancho tajo abierto en el barro que parecía bajar hacia el camino, oculto desde su tramo medio por algunas espesuras. Sin dudarlo y previendo que la cosa debía de haber caído hacia ese lado, arrastrando y hundiendo con su peso las piedras y tajeando profundamente el limo de la pendiente, hice marcha atrás, enderecé la dirección y me adelanté unos metros hasta donde calculé que debía estar tirada la figura entre las malezas. Giré el volante nuevamente a la derecha y avancé a paso de hombre hasta que el emporio de luces de mi camioneta mostró claramente el surco fresco que, marcando la pendiente, desaparecía en el mismo lugar en que una huellas descomunales, de contornos hondos y cenagosos, parecidas a las que dejaría un ñandú gigante, se iban turnando a derecha e izquierda hasta llegar al bordo del camino, quedando la última impresa parcialmente en la berma como si algo hubiera cruzado la ruta por delante de donde yo estaba.

La noche me pareció más cerrada que nunca mientras doblaba hacia la izquierda y cruzaba lentamente el camino, como tratando de seguir el derrotero imposible de una fiera prehistórica que por artilugios misteriosos de la electricidad había cobrado vida en el cuerpo de una estatua. Lo ridículo de la hipótesis a la luz de toda lógica se estrellaba contra el miedo y el instinto de supervivencia que, ante lo desconocido, me indicaba correr de allí desesperadamente. Mis pupilas dilatadas buscaban por doquier cualquier signo de movimiento dentro del alcance de las luces y mis oídos, atentos, trataban de descubrir algún sonido que rompiera con el ritmo de las gotas de lluvia al estrellarse contra el techo metálico y el lejano retumbar de los truenos.

Un olor acre como el que despide la orina de las morrocotudas iguanas que pueblan algunos campos agrestes y que quiebran con el golpe de sus fuertes colas las patas del ganado, se había metido por la ventanilla abierta. Y para peor Argos tenía el pelo negro de su nuca encrespado y desde hacía algunos momentos gruñía quedo, sin moverse, mientras atisbaba con sus ojos fijos la lejana oscuridad.

En el límite del espectral haz de luces enfocado hacia la quebrada poblada de malezas altas entre suaves collados, distinguí lo que me pareció el movimiento sigiloso de algo enorme, o quizás sólo eran las luces jugando con la lluvia y las sombras de los accidentes del terreno. Sin embargo mi negro compañero, con su aguda vista clavada adelante, gruñó más profundo para luego trocar en graves ladridos. Y fue en ese justo momento que lo inundó todo una especie de graznido proverbial, de grito gutural agudo y burbujeante, como si una inmensa tela de metal se desgarrara tirada por una fuerza formidable o una imposible garganta roja y pretérita resonara amplificada por una caja de mandíbulas enormes. Ya el miedo había ganado la partida cuando sentí temblar leve pero con ritmo creciente la tierra y con ella la camioneta, cual si los pasos de dos patas desmedidas, imaginé, tomaran carrera acercándose desde el algún lado de la lóbrega noche.

Cuando a mi lado mi valiente y fiel Argos dejó de ladrar furioso y comenzó a aullar lastimeramente, acurrucándose en el asiento, el miedo pudo más que todo convencimiento lógico y atávicamente apreté el acelerador doblando presuroso con rumbo a la carretera principal, mientras me sudaba todo el cuerpo y la piel de gallina erizaba los pelos de mi cuerpo. El motor dio un brinco y en un par de minutos que duraron siglos, me perdí veloz en la noche, aterrorizado, sin mirar jamás atrás, hacia la oscuridad que se cerraba como una mandíbula grotesca a medida que se disolvía la luz de mi veterana camioneta.

Con los años otras veces he pasado por esa intersección de la carretera y mi vista se ha desviado, curiosamente, hacia el lago mirando de reojo las suaves elevaciones. Sin embargo jamás he vuelto a bajar al pueblo, no importa lo bello de sus aguas pintadas, como siempre, de un color esmeralda inmaculado. Y nunca lo haré pues ahora sé con qué facilidad brotan esos miedos ancestrales, con qué destreza la piel de gallina obscurece mi razón y, además, porque la burda efigie sigue allí en la colina en que la levantaron hace muchos años, rodeada de piedras blancas y esperando, quizás, que algún incauto la busque en la penumbra de una noche de furiosa tormenta.


A.   S.







EL RELICARIO



Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres;
su arquitectura, prodiga en simetrías, está subordinada a ese fin.
(  J.L. Borges. El Inmortal.)

“Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. 

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?”
J.L. Borges.  Ajedrez.)

La metáfora consistiría en expresar los vínculos secretos entre las cosas.
J.L. Borges. Diálogos II.)



Los gritos del arriero y los chasquidos del cuero del talero al restallar, apuraron al centenar de novillos, senda arriba, en busca de los pastos dulces y abundantes del efímero verano en los valles cordilleranos.

El vapor que surgía a borbolleos de los húmedos hocicos, se confundía con la niebla matinal al levantarse la helada que en la noche había blanqueado el paisaje. Los apagados colores apenas se insinuaban y los contornos fantasmales desaparecían en la distancia. El arreo parecía moverse guiado únicamente por el sonido de las pisadas, los mugidos y el metálico tintinear del cencerro de la vaca vieja que oficiaba de guía. Para el arriero, desde su cabalgadura al final del desfile, las cosas y el camino mismo se adivinaban y sólo alcanzaba a distinguir cada una cuando ya casi las tenía encima.

Deslizándose lánguido y en silencio, un tapiz rojo fue tiñendo la cumbre glacial del Tupungato, derramándose sin prisa por el piedemonte, levantando a su paso el rocío perfumado de la jarilla en primavera.

Ya con la claridad, Erineo clavó los talones en el pingo y con dos cortos trotes a cada lado se aseguró de que todo el ganado hubiera cruzado el arroyo y tomado por el recodo hacia el poniente. Pese a su juventud dominaba caballería y reses con sobrado oficio, esto porque habiendo sido botado de recién nacido en casa ajena, desde pequeño debió ganarse el escaso sustento cumpliendo las labores del resero.

Haciendo a un lado el ala del poncho, sacó un pitillo armado y cuchareando el fósforo con las manos lo encendió pegándole una pitada a pecho. Echó el cuerpo atrás en la montura y se dejó estar mientras miraba aparecer allá en el bajo los cuarteles y la arbolada del paraje de Vega Grande.

Por un momento se sintió reinar con el horizonte a sus pies y el sol naciendo en lontananza por debajo de donde él estaba. Jamás en la llanura interminable del paraje de Algarrobo del Águila del que era oriundo, imaginó lo colosal que parece el mundo cuando se lo ve desde esa altura.

Detrás, silencioso, muy por sobre él, el inmenso cordón montañoso ocupaba casi todo el espacio del cielo, reduciendo a Erineo montado en su caballo, a un punto insignificante de la extensión infinita. Algunos de por allí le habían dicho a media voz que la cordillera nunca te pierde de vista, que no hay escondite frente a los colosales espíritus de piedra, con los ojos en blanco, inmóviles y helados.

Dio una última y larga pitada al cigarro hasta sentir el ardor de la brasa en la punta de sus dedos. Dejó caer la colilla y soltando el humo lentamente por la nariz, volvió grupas y tomó el rumbo de la tropilla.


&


En el bajo de la Vega Grande los primeros rayos de sol iluminaban cansinamente los detalles del oasis que rompía el paisaje árido del piedemonte.

La brisa matinal alborotaba acompasadamente la copa de algunos centenarios aguaribayes, el verde nuevo de chopos y sauces, algún pino y unos cuantos viejos eucaliptos. Al tamborileo de las hojas al mecerse se sumó con los minutos el canto de los zorzales y de algún gallo, las disputas de los horneros, y los gritos de los teros anunciando los sucesos que marcarían la monotonía de las horas.

Los corrales y bretes de madera gruesa y gris de vieja, algunas pircas a medio caer, alambrados de palos quebrados, un arroyo pedregoso con una serpenteante huella a su vera y las acequias que de él nacían, enmarcaban los contornos de la finca. Un par de cuadros con torcidas hileras de maíz nuevo ya invadidas de yuyos, y otros donde parecía crecer alfalfa, manchado de vacunos, gallinas que deambulaban a la suerte, una exigua tropilla, el infaltable hato de cabras, los cerdos de un chiquero alejado y una línea de viejos álamos criollos con un inmenso sauce en el extremo, eran toda la riqueza material del lugar.

El cielo de azul puro, la nieve abundante coronando los macizos, el contraste de tonos verdes y ocres de prados y árboles, líneas de plumeros tiza limitando el arroyo, flores silvestres y los últimos amarillos de las retamas, componían en conjunto una acuarela que resultaba abrumadoramente bella dando la sensación de que el tiempo se hubiese detenido en ese trozo del jardín de la delicias.

En una barda al poniente, acostado en la pendiente, moraba  el racho con ventanucos de postigos verde desgastado, alero al norte, paredes de grueso adobe, techos de caña, pasto y barro, con los muros exteriores con restos de una vieja pintura al agua que supo ser blanca.

El puesto lo habitaba desde siempre don Cosme Artemio Benegas, gaucho por generaciones, de tez mate acartonada por medio siglo de soles y viento helado, ojos pardos que se adivinaban entre los arrugados párpados, pelo lacio y opaco, cortado a trasquilones, con la marca del sombrero y peinado a mano con sudor y viento. Era de contextura fibrosa la que se adivinaba debajo de su infaltable atuendo campero con botas de cuero gastado y facón al cinto. El clima y las soledades de esos parajes lo fueron volviendo ríspido y pobre de palabras, ya que cuando joven se apuntaba que había sido pícaro para la taba, las cuadreras y las mozas.  

Vivía sólo, y así se arreglaba, pues la que fuera su pareja por años lo había abandonado un día hacía largo tiempo - según decían - porque al venir del caserío tierra abajo, medio en curda, cada tanto, la cruzaba a lonjazos con el talero.

Pocas veces bajaba al villorrio, y cuando lo hacía solía ser sábado y por la noche, recalando en el almacén o en la cantina, y se regresaba pronto si era con provisiones o en plena noche si iba sobrado de mal vino y abandonado a horcajadas sobre el fiel alazán que le hacía de involuntario testigo y oreja de confesor.


&


Aquel sábado al romper el sol el puestero comenzó por correr la tranquerita de palo y alambre del corral de las cabras dejándolas ir al monte cercano y desde una bolsa de arpillera aventó algo de semilla vieja a las gallinas y sus pollos. Después de echar una mirada a los pastos, cambió de cuadro el ganado de engorde, labor que hizo a pié y atizándolo con una ramita larga de álamo que arrancó para ello. Luego, sudando a gota gorda, le tomó un par de horas desyuyar con la zapa el lote de maíz más crecido. Cuando el sol comenzó a bajar hacia las montañas se lavó la cara y el torso con un trapo húmedo y jabón en pan, se sacó las alpargatas y se calzó las botas y puso unas briznas secas para avivar las brasas del fogón y calentar la pava y una torta con chicharrones.

Sentado debajo del alero, cebando unos amargos, mientras mataba lo que quedaba del día, lo asaltaron remembranzas de cuando tenía moza arrimada en la casa. Algo se le anudó en las tripas cuando revivió una vez más aquella mirada vivaz con un dejo de profunda melancolía, esa que a veces ella le prodigaba adornada de su sonrisa joven de labios húmedos y dientes sin mella, cuando la sorprendía al volver del pueblo grande trayéndole alguna pieza de tela e hilo para bordar, quizás algunos botones de colores o azúcar de caña para hacer facturas.

Sintió por vez infinita la punzada de su ausencia y el frío brutal de las yertas mantas del camastro extrañando la tibieza del calor de su cuerpo desnudo presionando su torso. Nunca la pudo olvidar y quizás por ello se volvió aún más huraño y se resignó a la continencia. No pudo evitar recordar también el mismo semblante pero crispado de dolor, resignación y miedo, cuando él por alguna bronca o achispado la golpeaba maldiciéndola.

Fueron quizás los cardenales que laceraban la piel de aquella mujer en flor después de esas noches de furia, o su mirada huidiza y el vano intento de que lo perdonara sin pedirlo, lo que lo llevó a compensar aquello accediendo a acompañarla de tanto en tanto a la vieja capilla. Ésta era una construcción antigua, modesta, con la torre de madera y gruesos muros de adobe vigado, atrás del bosquecito de almendros y al lado del pequeño cementerio de lápidas carcomidas y cruces negruzcas de fierro oxidado, salpicado en el estío por el  rosado de las silvestres arvejillas y margaritas de  blanco y amarillo.

Se acordó del dorado de las sopaipillas recién fritas envueltas en un mantelito que su moza le llevaba al cura cada vez que bajaban, para luego postrarse largo rato en el confesionario. Ése era el único párroco que en años había tenido esa iglesia. Llegó siendo un tipo ya entrado en canas,, con los pelos de la barba siempre mal cortados que le amanecían hirsutos y blancos. La única sotana que le conoció estaba raída, con algunos lamparones y varios sietes cocidos por sus manos hoscas, las que ocupaba amasando la boina negra cuando se la quitaba al entrar a la parroquia o al recibir visitas.

Moraba completamente solo en un cuarto amplio detrás de la capilla y fumaba cigarros cortos de tabaco fuerte y sabor acre, con ese humo agrio que impregna la ropa y tiñe los dedos. Como le gustaba la taba y jugar a la escoba del quince, hicieron de a poco buenas migas, siendo por entonces Don Cosme mucho más joven y menos huraño.

Así se fue habituando con los años el gaucho sin lecturas, a visitar al viejo cura que a cambio de compañía para el mate, le hablaba sobre las cosas que le habían enseñado cuando era estudiante y las que vio y aprendió en las distintas parroquias adonde había - como le gustaba decir – perdonado tantos pecados y casi perdido la fe.

Las más de las veces el párroco le hablaba sin esperar respuestas, como si estuviera todavía solo con Dios en su sacristía. Le contaba que vistos muy de lejos, como desde las montañas, todos los hombres se veían igual de pequeños, cargando con sus pecados, miedos y ruindades. Que el tiempo los arrastra como un río y el sol, el viento y el agua los van taladrando hasta que un día los vuelven al polvo. Que nadie ni nada está a salvo de los estragos de su paso, aún las montañas inmutables se van haciendo poco a poco arena que se lleva el agua y el viento por la pendiente.

Una vez le explicó, con muchos detalles, que el reloj de Dios había dado tantas vueltas que la vida de los hombres era sólo un soplo y que prueba irrefutable de ello constaba en la cumbre de los picos más altos que hoy se deshacían lentamente en polvo y que alguna vez habían sabido estar en el fondo de los mares, esas lagunas inmensas que el lugareño Don Cosme sólo conocía de mentas.

En algunas ocasiones le expresó que los seres y todas las cosas, hasta las lejanas estrellas, eran pobres actores de una obra infinita cuya trama desconocen y que los humanos ingenuamente pensaban que eran los autores del guión de sus vidas y por ello procedían como si fueran eternos. Juzgaba que era tanta la miseria de los hombres que él mismo a veces dudaba acerca del sentido de la vida y que, en esas ocasiones, su único consuelo era creer ardientemente en que sólo Dios escribe y entiende el argumento y sabe el significado del papel que le toca a cada uno, el que jamás les revela en vida.

Un día de otoño, transcurridos algunos años después de su arribo a esos pagos, encontraron al viejo cura sentado con la vista perdida en las cumbres. Les sorprendió que no se quitara la boina al saludarlos y agradecerle a su mujer las tortas fritas pintadas con arrope de uva que le había cocido esa vez. Al rato y mientras las compartían con un mate cocido, le regaló a ella un rosario pequeño de cuentas blancas y crucecita de plata que le habían visto en las manos y con un gesto compasivo le encargó que se lo pusiera al hijo que seguramente Dios un día le concedería.

Les contó entonces, con una mueca agria, que el obispo lo había trasladado a otro templo en un paraje olvidado. Casi en un susurro refirió que debía obedecer aunque esta vez lo hacía sintiendo que la parca pronto reclamaría sus huesos vencidos. Dijo que parte de su alma se quedaría en estos pagos, que siempre los tendría presentes en su corazón y que rezaría para que estuvieran bien. Luego, sentado al solcito en un aparte con Don Cosme, le dijo – mirándolo fijamente - que sólo lamentaba no haber bautizado más niños en la capilla en vez de pronunciar rezos en los entierros de los viejos. Le dijo también que quizás como nunca antes no deseaba irse y dejar aún más sola a la gente del paraje, ya que con ellos había aprendido que la inclemencia de la cordillera servía para probar a los hombres la insignificancia de su estatura y la fragilidad de sus existencias, mientras con valentía y resignación veían como el tiempo se llevaba sus vidas y demolía sus precarias obras.

Al despedirse por última vez, a su mujer se le escapó alguna lágrima, y aquel le expresó que no debía entristecerse pues no era necesario que un cura estuviese con ella, ya que Dios, como las montañas, todo lo ve y lo sabe, y todo lo perdona, y que sólo les encomendaba que se acompañaran con ternura y se dieran consuelo y esperanza.

Nunca volvieron a verlo o a saber de él, alguien le contó que unos días después con la misma maleta vieja con que había llegado y un par de bultos precariamente envueltos se marchó, sin más, perdiéndose en el polvo de la distancia con el cuerpo encorvado dentro de la vieja sotana.


&


Para cuando los recuerdos lo soltaron, ya el mate estaba lavado y a Don Cosme los rojos y violetas del atardecer se le fueron deslizando con los ritmos cansinos del paisaje. Desde su puesto había visto pasar por el sendero en la vera opuesta del arroyuelo, rumbo al villorrio, algún que otro paisano a pié o de a caballo, a veces seguido de algún choco. Entró entonces y echó un par de troncos al fuego del hogar para romper con el hálito frío que comenzaba a bajar de los ventisqueros.

Con la última luz, para esos rumbos también partió don Cosme, no sin antes abanicar unos puñados de semilla y maíz frente al rancho para que tuvieran las gallinas por la mañana cuando él durmiera la mona. Al ir para el sendero y antes de cruzar el riacho, acercó al paso el alazán al venoso tronco del viejo sauce y contempló en la penumbra la marca de la cruz todavía negra, cavada en la  arrugada corteza, que él mismo había hecho un día muchos años atrás cuando el cura ya era también un recuerdo. Musitó para dentro un par de palabras, miró hacia la senda y finalmente, luego de tocarse el ala ancha del sombrero como saludo, dejó que el caballo lo guiara al paso.

Don Cosme llegó al boliche de la casona del bajo cuando la luz ya sólo era un recuerdo. Cruzó las riendas del pingo en el improvisado palenque debajo de una enramada donde quedaban los restos de un fardo. Se acomodó las pilchas, miró a lo lejos a la mujer que fumaba ajena en la puerta del cortijo de atrás, apenas iluminada por el farol rojo. Pensó que quizás un día él debería olvidar a sus fantasmas y animarse a pasar por el rellano de aquella puerta, coronada por el candil, en busca del favor fugaz e interesado de esa hembra que vino un día de la ciudad cuando ya estaba lejos  la edad en que tuvo la carne firme y la mirada viva.  Luego, bajó la vista y sin más, se encaminó hacia la cantina.

Ya dentro se quitó el chambergo de fieltro negro y ala dura y saludó con una frugal reverencia al improvisado cantinero y a dos parroquianos que conversaban animadamente en una mesa donde ya habían dado cuenta de media jarra de vino tinto y algunas aceitunas que pinchaban de un plato. En todo el lugar cabían unas pocas  mesitas con sus sillas de madera y mimbre y un par de taburetes de igual hechura en el mostrador. Con paso cansino cruzó la estancia y se sentó contra el esquinero en la mesa para las cartas. Lo iluminaba la luz temblorosa de algunos faroles de mecha con sus vientres de vidrio y las cortas llamas rojizas de los tocones de cepa ardiendo en el hogar de piedra que dividía dos pequeñas ventanas sin postigos ni cortinas. De las macilentas paredes colgaban un par de ristras de ajo con viejas cintas rojas, un almanaque de cartón desteñido en el que se adivinaba una figura y algunas herraduras viejas sostenidas por clavos doblados.

Apuró un vasito de caña, pidió la primera jarra de tinto y para el hambre un plato hondo de maníes con cáscara. Cuando tiempo después empezó a llegar gente para los naipes, Don Cosme ya está algo chispeado. Arman un cuarto al truco y revancha con dos peones de una finca cercana de nogales centenarios y un tipo joven de nombre Erineo que llegó al pago hace cosa de un mes y tiene a cargo un lote de novillos haciendo veraneada en las pasturas de las vegas del faldeo del norte.

Para cuando pasan al siete y medio, entre todos han dado cuenta de varias vasijas de tinto y las cáscaras de maníes y algunas colillas aplastadas adornan el piso de baldosas con arabescos gastados. Por allí salta algún billete y la cosa se vuelve por plata. Al final se quedan trenzados por las cartas don Cosme y el resero Erineo. A éste lo acompaña una larga racha de buenas manos y gana lo que el puestero nunca podrá pagarle. Cuando ya no hay para más, Don Cosme lo trata de tramposo y le espeta que nunca le pagará lo que no reconoce haber perdido en buena ley. Como concesión le ofrece cancelar el entuerto entregándole un relicario que juzga de gran valor. Se levanta empujando la silla hacia atrás y tirando los brazos al cuello desprende la cadena por debajo del pañuelo y pone sobre la mesa una pequeña prenda amorosamente tallada en madera de algarrobo y engarzada en plata.

Cuando el joven insiste en cobrar en billetes poniendo a horcajadas sobre los puños medio cuerpo sobre la mesa, don Cosme con una mueca burlona y los ojos traspirados por la curda le suelta que es el relicario o nada, y para reforzar el encierro tira la mano hacia la espalda palpando el cabo del facón largo cruzado en la faja.

El inmaduro arriero recula. Nublado por el alcohol parece medir entre la vergüenza y la amenaza velada del puestero. Por un instante duda, luego pone precio a su cobardía y consiente zanjar la diferencia accediendo a llevarse el dije labrado con su cadenita en plata. Don Cosme lo vigila desde el otro extremo mientras el resero guarda bajo el poncho la prenda ganada y carajea cuando finalmente aquel sale del tugurio y monta el zaino para perderse al trote corto en la noche.

Sólo el espinazo nebuloso del cielo estrellado ilumina el camino mientras Erineo va acostumbrando los ojos a la cerrazón y el cuerpo al frío.  Pone al zaino rumbo a la montaña y éste al paso avanza cargando con el jinete con los brazos debajo del poncho y acurrucado en su silencio. Pasado un rato el camino se pone pedregoso cuando empieza la bajada hacia el arroyo. Como alertado por el sonido del agua que corre próxima, Erineo lleva las riendas a su izquierda y, marcando con los talones, dirige su cabalgadura al sendero que orilla el cauce. Traspasa una angostura de cañaveral marcada al final por la silueta privada de estrellas de una acacia, y donde nace el sendero detiene el caballo, se apea y ata las riendas a un matorral por debajo.

Va a tientas por las piedras al arroyo y con las manos en cuchara se moja la cara para despejar con el frío los vahos del alcohol. Ayudado con el pañuelo del cuello se seca y vuelve hasta el caballo, toma de la alforja el cuchillo en su vaina corta, se sienta contra el viejo tronco y prende un tabaco de humo denso para acompañar la espera.


&


Sólo el cantinero queda para cerrar e irse a la cama, cuando Don Cosme se monta al alazán y parte al paso por el camino. Sabe que le queda una larga hora para llegar al puesto a dormir la mona y ayudado por el talero apura el paso del pingo que humea en el frío.

El efecto del tinto barato y el sonido de la lonja corta al pegar contra la grupa le alucinan otra lejana noche de copas llegando al  rancho con la escena de los gritos de la que fuera su mujer, medio desnuda, con el rostro ensangrentado, alzando las manos en inútil defensa, mientras guiado por el odio de la curda el palo corto del rebenque sube y baja con violencia zurrándole todo el cuerpo, hasta que los gritos poco a poco se convierten en quejidos y estos en un silencio sólo roto por los sordos chasquidos del cuero. Recuerda haberse despertado vestido y con resaca en la mañana con el sol en alto y verla extendida con sus pequeños pies desnudos en el piso, fría, con sangre seca en las magulladuras, la muerte en los ojos de miel muy abiertos y un rictus de terror en los labios partidos. Asocia haber vomitado de asco y de rabia y gemido con bronca contenida maldiciendo una vez más a los diablos del trago, pero sin aceptar que unos pocos  rebencazos pudieran haberla matado. Al volver en sí del agobio recordó que cuando ella había perdido la única preñez que con él tuvo, la comadrona atribuyó la pérdida a un corazón débil, y debía de ser esto y no los sopapos lo que le había traído la muerte, pues, como otras veces antes, a él solo se le había pasado un poco la mano.

Aquella misma tarde aciaga la enterró profundo a la sombra del sauce grande al final de la línea de álamos, cerca del arroyo y lejos de la casa, con todas las ropas y las pocas chucherías que tenía, no sin antes echar un padrenuestro del que algo se acordaba y dejarle entre las manos frías la estampita de la virgen y el rosario de cuentas blancas con la cruz de plata, para que se fuera al cielo, no le guardara rencor y con el tiempo lo perdonara. Sólo se guardó el pequeño relicario de plata y madera tallada de algarrobo y su cadenita de cuello, con el mechoncito de cabello en su interior que siempre imaginó de ella. Con el tiempo colocó en su cuello el precioso estuche porque además de haber sido de ella siempre le había parecido valioso. Recuerda también que habiéndola soñado una noche como aparecida, decidió que se quedara allá donde estuviera, por lo que talló y quemó en el tronco del sauce, frente a la tumba, la cruz negra de los camposantos para que descansara en tierra consagrada.

Supo tiempo después hacer saber, como quien no quiere la cosa y aparentando ofensa, que la mala mujer lo había abandonado, llevándose todas sus pertenencias y algunos pesos que tenían ahorrados diciendo que se volvía a la ranchería de Algarrobo del Águila. Como ella no tenía familia en el pago, nadie nunca preguntó nada, y como no volvió a tener hembra arrimada en el rancho se fue haciendo viejo en soledad con las montañas.

Harto de la amarga pesadilla, revolea el brazo espantando los fantasmas del  alcohol y sigue dormitando mientras el pingo marcha sólo hacia el sendero que trepa a la vera del riachuelo rumbo al puesto y las montañas.

&


El caballo comienza a balancearse al bajar la cuesta y Don Cosme aún adormilado siente contra el poncho raspar los bordes de las cañas en la angostura antes del arroyo, asegura en la mano las riendas y aprieta instintivamente las rodillas contra los flancos. Sin embargo el caballo resopla y se detiene en seco. El puestero alcanza a vislumbrar en el hocico la silueta del joven resero tomando el bozal del alazán, intuye la encerrona y echa mano al facón largo que lleva cruzado atrás en la cintura.

Con sus rasgos afilados por la espera y los ojos habituados a la oscuridad, Erineo ve al puestero sacar el facón cuya hoja larga platean las estrellas, y rápido detiene con una mano la muñeca que lo blande y con la de empuñar no duda en clavar profundo la hoja del cuchillo corto en el vientre del paisano. El facón de don Cosme se desprende de sus dedos y vuela lejos a la correntada. La experiencia del oficio de carnear le ha enseñado al resero que ya en el baile es mejor terminar la faena, por lo que saca la hoja y vuelve a hundirla hasta la cacha otra vez en el vientre.

Don Cosme siente el ardor en las tripas y cuando intenta reaccionar el acero sale y entra quemando de nuevo. Pega un sobresalto y un alarido al que se lo traga el rumor del agua que va besando las piedras, mientras que el alazán asustado da un respingo y atropella al matador, que pierde pie y cae en el repecho del arroyo.

Bufando el animal echa distancia con un trote nervioso sendero arriba, cargando el herido, doblado sobre sí por el dolor y con las manos empujando instintivamente el poncho para taponar los agujeros en la camisa de frisa ahora viscosa y caliente que le ha dejado la daga al hundirse en su barriga.

Erineo topeteado por el caballo se derrumba por la corta pendiente, y cuando con dificultad se pone en pie, escucha alejarse al trote el caballo con el jinete herido. Cuando corre a su cabalgadura para darle alcance y terminar el asunto, tropieza con las peñascos del riacho y cae de bruces. Se levanta y vuelve a tropezar y es entonces que sabe que ya no alcanzará en la noche al herido que presume pidiendo ayuda en el lugar más cercano. Se enjuaga las manos en el arroyo cristalino, y limpia con esmero el facón en la arena húmeda del lecho, mientras el agua fría de los ventisqueros se lleva todo rastro de sangre. Respira hondo, vistea  las oscuridades de alrededor y escucha con atención por si alguien ha notado el ruido del entrevero. No percibe movimiento y sólo oye un ladrido lejano y algún tero que le hace coro. Monta al zaino, vuelve al camino y toma decidido el rumbo contrario, hacia abajo, a la lejana llanura.


&


Durante largos minutos el caballo guiando al jinete casi inconsciente, se desliza al paso por la huella arenosa. La cadencia y el calor del alcohol han calmado el ardor de las tripas y acurrucado con el poncho apretado con las dos manos parece que el sangrado es sólo un hilo.  Don Cosme en el delirio sólo piensa en llegar al rancho y curarse la herida. A medida que avanza percibe la silueta de las montañas e imagina que lo miran y que la arena del arroyo cobra vida trayéndole las imágenes del cura y de los reflejos de aguamiel en los ojos muertos de la mujer tirada en el piso. Se dice a sí mismo que si es cierto lo que decía el viejo cura ella ya lo debe haber perdonado.

El matungo huele el pago y redobla el paso con un jinete sin fuerzas para impedirlo. Con el trote corto Don Cosme siente que el mareo le gana la partida. El caballo bordea el cuadro con los restos de chalas y tuerce hacia el arroyo al que badea sacudiendo como muñeco de trapo al jinete en la montura. Don Cosme se abandona maldiciendo interiormente sin pronunciar palabra, mientras su osamenta va resbalando lentamente de la montura y la oscuridad de adentro se empareja con la noche.

El alazán de pronto se para en seco, y el puestero se desploma, y al pegar contra el suelo la sangre acumulada en el vientre se vuelca generosa, densa y humeante como la primera leche en el ordeñe. Cuando el cuerpo queda inerte con los ojos abiertos y fríos de estrellas, don Cosme ya está muerto.

Yace extendido boca arriba con un rictus sereno, sobre la tierna hierba que crece generosa debajo del sauce con la negra cruz marcado, a la vera del arroyo que, indiferente, sigue arrastrando las lágrimas de arena en que se deshacen impasibles, allá arriba, las moles de piedra coronadas de hielo.

Erineo batido por el miedo y cargando sus miserias y los recuerdos a cuestas, no dará descanso al pingo y huirá durante días hasta perder de vista las montañas para ocultarse en su pequeño poblado en la llanura. Guardará de aquella noche consigo el relicario, que con el tiempo colgará de su cuello por debajo del pañuelo, ignorante que es el mismo que una joven mujer con ojos de miel como los suyos, poco después de dar a luz y abandonarlo, colmó con un pequeño mechón de sus tiernos cabellos y se lo llevó con ella, entre sus pechos henchidos, para no regresar jamás.

A. S.




LA NIEBLA Y EL LIBRO



“Nadie está en algún día, en algún lugar; nadie sabe el tamaño de su cara”. 
(Jorge Luis Borges.)






La niebla es una metáfora de la vida, decía mi viejo. Te envuelve de pronto, te acaricia mientras te va calando, sólo te deja ver lo próximo ocultándote los horizontes, hace que andes a tropezones y que nunca sepas qué viene por delante, para finalmente levantarse, caprichosa, abandonándote cuando comenzabas a disfrutarla.

Cuando el hálito helado me envuelve en estos bosques, suele venirme la voz de mi padre, cálida y sedante. Esa que generosa tarareaba melodías al volante de la vieja furgoneta, mientras yo con las manitas de dedos crispados, sentado a su lado, forzaba la vista para anticipar el camino oculto por la bruma, mientras nos abríamos paso tajeando las nubes.

Hoy el tiempo me ha puesto al volante y mi camioneta y yo nos hemos hecho a las  dificultades de estos parajes, fríos y salvajes, maravillosamente alejados de todo. Con nieve, ventisca, lluvia, tierral o barro, es para mí un placer atrapar el horizonte con ella. Sin embargo cuando nos asalta la bruma, su motor rezonga y mis dedos maduros vuelven a crisparse, mucho más cuando se cierra para transformarse en niebla, esa que es densa como algodón y que parece tragarte como el aliento glacial de unas fauces formidables.

Era una tarde de esas y yo conducía con el camino barroso por el agua nieve de los últimos días. Más atento que de costumbre y rezongando contra la bruma, divisé el contorno del auto abandonado al final de un veredón en un claro de gramíneas entre pastel y terracota. Era uno de esos pequeños lugares al costado del camino, simulando atalayas al borde de pendientes, que en días diáfanos, ofrecen vistas al paisaje lejano.

Frené y respondiendo a esos impulsos que te llevan por delante, conduje por el atajo hasta estacionarme a una corta distancia. En el auto no había nadie y el motor estaba frío. Hacía horas que estaba allí. Decidido bajé caminando por el sendero que serpenteaba por el bosque rumbo al lago.

Las copas de los centenarios coihues y las puntas de algunos cipreses jugaban a las escondidas con el capricho de las nubes bajas. Sólo el grito de algún pájaro en esa inmensidad sin perspectivas rompía el silencio que, por momentos, sentí ominoso.

Luego del último recodo, en el tramo final que lleva al azul profundo, lo vi. Estaba sentado sobre una gran roca salpicada de pecas blancas y grises. Recostaba su amplia espalda contra un tronco seco, mientras sus pies calzados con zapatones, colgaban en el vacío. La tenue luz que se filtra entre el humo de las gotas, daba a sus ropas el mismo tono apagado que al resto del paisaje.

Parecía tener la mirada perdida en las montañas de hielos eternos, más allá del lago. Esas que con bruma sólo podían adivinarse. Su barba grisácea y crecida, se confundía con los líquenes que colgaban enmarañados de las ramas por encima de él.

Sostenía en su mano izquierda un libro de tapas duras resaltadas por una gruesa filigrana dorada, mientras en la derecha, apoyada contra la pierna, empuñaba una pistola de acero negro, bruñido por el uso, con cachas de madera.

Sólo atiné a frenar mi marcha, y luego, lentamente, me senté sobre el filo de un tronco caído a sólo un par de palmos de él. Supe que sabía de mi presencia, aunque no realizó movimiento alguno que lo denotara.

Permanecimos así, en silencio, durante lo que juzgué una eternidad. Allí, comidos por la niebla, en un paisaje fantasmal, oyendo nuestra respiración, dos completos extraños, sin nada en común, salvo la condición de humanos que confluyen, casualmente y por instantes, a la deriva.  

En algún momento saqué el paquete de cigarrillos y me puse uno en la boca.  Cuando iba a encenderlo el rostro barbado giró hacia mí y unos ojos profundos y tibios se posaron en los míos. Me pareció ver paz en ellos, y algo de resignación. Atiné a hacerle una seña con el atado  ofreciéndole compartirlo.

Dejó el libro abierto boca abajo sobre el gran atril de granito y estiró el brazo hasta que sus dedos tomaron un cigarro. Raspé el fósforo de madera e inclinándome hacia él le di fuego, para luego encender el mío.

Fumamos los dos, con una parsimonia íntima, casi ritual, mirando moverse la niebla que dejaba ver de vez en cuando el azul acerado del lago. Al cabo le pregunté si necesitaba ayuda o si yo podía hacer algo por él. Volvió a verme y a sus ojos los acompañó ahora una sonrisa suave y profunda que se dibujó en su rostro húmedo, poblado de surcos y liquen.

-Todo está bien - me dijo con voz ronca y resuelta.  Y con una breve pausa agregó: - Así es como quiero marcharme, con este silencio y en la niebla. Con el frío humeándome en la boca mientras pronuncio algunos nombres tan míos y las bellas estrofas que alguien escribió cuando las generaciones que me precedieron, y yo mismo, no éramos aún ni un sueño.

De alguna manera sentí que compartíamos la misma serenidad, la quietud que, quizás,  conlleva lo eterno. Las últimas volutas del humo del tabaco se confundieron con la bruma. El hombre entonces cerró serenamente el libro y con un movimiento delicado y decidido, como quien entrega una posta, lo colocó en mis manos. Dudé un instante, pero la seguridad de su pulso y la fuerza en su mirada me persuadieron.

Tomé entonces el libro de tapas duras y de papel rugoso que imaginé amarillento, y lo guardé con cuidado ritual en una de las faltriqueras de mi abrigo. El hombre del barbado rostro sonrió y luego volvió a perder su mirada en dirección al oeste, no sin antes dibujar con su mano un signo de adiós en el aire. Tal vez mis labios pronunciaron un hasta siempre, mientras sentía bullir la misma sensación que con mi padre, aquello de que volveremos a encontrarnos sin esa ficción del tiempo de por medio.

Desanduve el sendero cuesta arriba, sin siquiera darme vuelta para echar una última mirada, y luego de algunos minutos llegué hasta el campito de hierbas ocres al borde del camino. Cuando pasé junto al auto abandonado, vi a través del vidrio goteado de rocío, sobre la luneta, lo que parecía un sobre y unas flores secas, dentro de una libreta de bolsillo de tapas ajadas por el uso, con un manojo de llaves sobre él.

Pensé que no son muchas más las pertenencias que un hombre, cuando ha vivido, guarda para señalar su partida. Como nunca estuvieron destinadas a mí, las dejé allí y me monté en mi embarrada camioneta. Encendí el motor y volvieron sonar los suaves acordes de la música antigua de una sonata de Telemann que me acompañaba en ese viaje.

Quizás, sólo quizás, cuando la última nota del clavicordio cesó, sentí un sonido sordo a lo lejos, justo en el momento en que un par de rayos de sol rompían la niebla sobre las montañas. Volví a la ruta, retomé mi rumbo y me marché de allí mientras caía la tarde.

Aún hoy, muchos años después, el libro de tapas duras con su gruesa filigrana en oro, reposa en un rincón de mi poblada biblioteca. Todavía no he horadado sus páginas de papel grueso, sencillo, cuarteado por los dedos de miles que, adivino, lo leyeron antes. Aún no he sentido que haya llegado la hora de hacerlo.

A. S.







MEMORIAS DEL FINAL



En la circunferencia el principio y el fin coinciden.
(Heráclito.)
Vivimos como soñamos, solos.
(Joseph Conrad.)
El destino baraja y nosotros jugamos.
( Arthur Schopenhauer.)
El olvido es la única venganza y el único perdón.
(Jorge Luis Borges.)


            Esa noche los sonidos del viento en el follaje semejaban sombras gigantes. Cuando dos ráfagas cruzadas envolvieron las añosas ramas del aguaribay, su suerte estaba echada. El verde perfumado del follaje se enroscó como una cabellera bestial sobre el tronco, lo retorció hasta quebrarlo en una descarga de astillas, derrumbándolo sobre la casa.

            En la calidez del interior ella dormía profundamente,  el pecho marcado por su respiración laxa. La piel se erizó con el estrépito sordo del temblor trepando desde el suelo y abrió repentinamente los ojos en el momento en que el estallido del leño al romperse anunciaba el desplome. Saltó de la cama hacia un rincón del cuarto en penumbra con la misma rapidez instintiva de hace tantos años. Se hizo un ovillo y ya estaba con los brazos sobre la cabeza y la cara hundida entre las piernas cuando llegó la explosión negra, el derrumbe y la oleada de polvo cementando el aire.  

            Mientras todos los músculos se tensan, su mente se relaja, sabiéndose indefensa, entregada a merced de esa zarpa bestial que golpeaba inclemente la casa. La boca pastosa y los puños apretados eran las mismas sensaciones,  que cuando en los bombardeos, se acurrucaba en la oscuridad de algún cuarto, mientras, al azar, todo reventaba en pedazos.

 Tantea la pared y se incorpora deslizándose contra ella, mientras se van apagando los ruidos y los chirridos de la estructura, que le parecen como el péndulo de un reloj universal e incomprensible que decide qué colapsa y qué perdura.

            Cuando el tiempo deja de ser eterno, sólo quedan en la oscuridad del viento, el polvo, el lamento de una lechuza y algunos perros aullando en la distancia.

            Sus reflejos de juventud parecen despertarse y con la habilidad de un gato en la penumbra, busca a tientas la puerta de salida esquivando en la carrera algún mueble caído y un par de cacharros desperdigados por el piso. Ya afuera se desliza hasta la pedrería entre los troncos de dos olivos talados y allí se guarece mientras escucha derrumbarse algunos trozos de mampostería arrastrados por el denso follaje.

            La memoria de otras ruinas y otros miedos le hacen tocarse el cuerpo, como pasándole revista para ver si sigue  entero. Pese a la edad lo reconoce fibroso y proporcionado, con los reflejos intactos, como cuando los necesitó para sobrevivir siendo muy joven.

             Mientras permanece agazapada con los nervios alerta,  su mente asocia el acecho con aquella niña huérfana jugando con su abuela a las escondidas y a la mancha, profiriendo grititos nerviosos mientras corre para evitar ser tocada o  intenta llegar primero a la “piedra” para librarse. La nube de guardapolvos corriendo por los patios de la escuela, la  adolescencia, sus primeros candores y el plateado de los pescados en las barcazas del muelle, son algunos de los recuerdos que se aglomeran presurosos en magnífico desorden. También le llega el eco de los truenos de aquellas nubes negras cuando la brisa del mar se convirtió en ventisca y le arrebató a aquella mujer de pelo encanecido - como el de ella ahora – a la que le debía el calor en el alma, el retrato de su madre, el silencio del pasado, los secretos del ajedrez, los libros de cuentos y la voluntad de hierro. Ya sin anclas, cuando la guerra se acercó al pueblo, marchó con otros para escapar de la barbarie. No evitaría la sangre, y el horror finalmente igual la alcanzaría. Nunca volvería a su pueblo con mar, y aquellos primeros rostros de su vida, se perderían en el tiempo.  

            La tenue luz del amanecer revelaba de a poco los detalles. Allí estaba el inmenso tronco tirado sobre un costado, al que rodó luego de aplastar una parte del techo, derruyendo las paredes en el extremo ciego del corredor de los dormitorios. La casualidad, ese brazo caprichoso del destino, evitó que el árbol se desplomara completo sobre la casa, al igual que cuando los obuses destruían en una humorada procaz un edificio o el otro o un francotirador elegía al albur al desdichado entre los rostros que pasaban por la cruz de la mira.

            Suspiró agradeciendo que su hija no estuviera ya en la casa. Como siempre su voluntad se le impuso y no esperó mucho para poner manos a la obra y despejar el desorden de los escombros. Tardó varias horas quitando pedazos de ladrillo y mezcla del pasillo, cortando las ramas menores  apoyadas sobre la pared y colocando un cobertor, sostenido por algunas tejas, en el techo roto.  Luego limpió con esmero el polvo de toda la casa, levantó los trastos y ordenó los muebles caídos. 

            Quedó finalmente conforme. Afuera el viento había traído oscuros nubarrones que ocupaban el espacio de cielo que antes cubría por completo el árbol caído. La casa por dentro lucía nuevamente impecable, a excepción de la roturas al final del pasillo y de esa mancha, crecida con las horas,  formada por un líquido aceitoso que había comenzado a escurrir por la pared desde el último maletero del corredor, parcialmente destruido por el techo al colapsar.

            Extenuada decidió que sería su última tarea en esa aciaga jornada de sustos y ajetreo. Subida a la precaria escalera de dos brazos que acababa de abrir y apoyar contra el sesgo de la ventana, su humanidad erguida mantenía un forzado equilibrio mientras abría el profundo faquín ubicado sobre la misma.

            Con una primera mirada alcanzó a divisar las variadas formas y los colores apagados de los trastos y pequeñas cajas,  con el polvo de los años de olvido sobre ellas y algunos cascotes de argamasa del estrago de la noche anterior.

            Decidió vaciar de uno en uno todos los objetos del valijero, hasta localizar aquel que derramaba el líquido que fluía entre los paquetes y se despeñaba cansino por la pared. Aprovecharía para  deshacerse de lo inservible y limpiar todo para guardarlo después que compusieran el techo.

            Cuando empezó la tarea cedió gustosa a la curiosidad y comenzó a hurgar en cada paquete para  reencontrar lo que a través de tantos años allí había quedado arrumbado.

            En esto dio con el olvidado envoltorio de tela y papel amarillento que cuidadosamente había escondido, apenas mudarse al pequeño villorrio en aquel paraje al pie de las montañas. Claro que entonces, cuatro decenas atrás, la belleza de su cuerpo joven y espigado de mujer en flor, no era la imagen que devolvía el espejo al final del corredor. Sus ojos azules - como aquel lejano mar detrás de los médanos - aún devolvían su color profundo y la mirada fuerte. Siempre se reconocía en ellos, quizás por aquello de que son inmutables al tiempo, iguales al nacer que cuando se cierran por última vez, rebeldes que no se rinden a la vejez ni cuando ésta ya no es una batalla, sino escasamente una  carnicería.

            Mientras manipulaba el pequeño atado, sucio, viscoso y resbaladizo, reconoció su contenido y no pudo evitar las sensaciones que había tenido al esconderlo media vida atrás. Volvieron las oleadas de recuerdos de aquellos días en apariencia lejanos, de ese sabor acre a la violencia y la sinrazón de la guerra – siempre la misma con diferentes nombres – que engendra esas heridas profundas del alma que nunca cicatrizan. Volvió a ver ese paisaje masacrado en esa ciudad cruel y sin escala, con las ruinas de la locura, poblada de bandas, exiliados y sobrevivientes. La atropelló la visión del rostro sudoroso y el aliento de aquel al que se había entregado en un pacto tácito de su carne a cambio de  protección para conservar su vida. Ése que era como el señor local de la devastación, que con su mandíbula cuadrada y gestos implacables, al igual que los de sus hermanos de combate, parecía competir para superar sus propias atrocidades.

            Ese mismo que un día, como cualquier otro, en aquel  infierno sin pausas, sin buscarlo había acabado embarazándola. Nunca le contó a su hija que ya la traía en las entrañas cuando se afincó en el villorrio. Para su niña la vida de su madre y la de ella siempre habían transcurrido en ese escondido y seguro lugar en las montañas. En ese cálido mundo creció y se convirtió en una mujer y no hubo otro hasta que decidió partir para escribir su propio destino.

            No le ocultó aquello por vergüenza sino para evitarle a ella la carga y el dolor de la verdad sobre su verdadero padre, su concepción sin pasión y sin gozo, y las íntimas circunstancias de su muerte. Muchas veces su hija buscaba hurgar en los detalles guardados en su memoria. Quizás por ello había decidido ser parca en sus relatos y caía en parecidos silencios a los que recordaba en su abuela. Siempre había buscado olvidar selectivamente, liberarse para siempre de lo sucedido hacía una vida, cuyo memoria, obstinada,  se negaba a marcharse. Ante la pregunta inevitable creó el relato de un amor fugaz e intenso con un joven varonil y dulce que llegó y se fue del pueblo para no volver. Le mintió sus raíces y le negó su pasado con el secreto deseo de salvarla de la maldición de repetirlo.

            La escalera tambaleó y se sostuvo del extremo de la puertita abierta del maletero, igual que cuando aquella vez tuvo que aferrarse al postigo para evitar caer al vacío cuando él intentaba darle alcance en alocada carrera para descargar su furia en ella como tantas veces. Por un instante la atropelló de nuevo ese miedo de juventud con la sensación inaceptable de la propia muerte, cercada en el laberinto de los recintos de aquel edificio maltrecho que les servía de dormidero y guarida.

            Al desenrollar el paquete, palpó el frío metal y la forma de la cacha de la pistola, la misma que aquella vez tomó de entre los cajones de la desvencijada cómoda y disparó a bocajarro, varias veces, cuando él, luego de atraparla, intentó hacer eso mismo con ella como con tantos desdichados antes. Recordó las heridas, el olor agrio de la pólvora, los gritos, el sollozo y la sangre a borbotones ahogando finalmente a aquel que quería darle a ella esa suerte. Luego vendría la huída, el fajo de billetes con olor a rancio, su viaje hacia un paraje oculto en el poniente, la falsa identidad y el miedo a ser encontrada por los otros, el que cedería sólo con los años.

            El recuerdo, tan vívido que parecía presente, la había empapado de sudor. Se descubrió sosteniendo temblorosa, nuevamente, la misma pistola que, aceitosa, esta vez se escapó de sus manos. La vio caer como en cámara lenta, flotando a su destino de suelo. Recordó que la había guardado, como él lo hacía, con bala en boca “por las dudas”. La miró estrellarse y tronar al dispararse sola por acción del golpe. Sintió el ardor en sus entrañas y el puño seco que la tiró para atrás de la escalera y la desparramó sobre el parquet de tablas de pino.

            Cuando volvió en sí palpó su vientre cálido y húmedo, el agujero en la remera y vio el reguero de sangre viscosa que de él brotaba, de un rojo profundo que contrastaba con el pálido amarillo del tablado. Supo entonces que se le iba la vida.

            Quiso soñar que alguien habría oído el disparo, pero sabía que por lo alejado de su propiedad aquello era improbable. Trató de levantarse con todas sus fuerzas, pero sus piernas no le respondieron, no pudo hacer el más mínimo movimiento con ellas. Adivinó que jamás llegaría a tiempo al teléfono que estaba en la cocina, al otro extremo de aquella casona que alguna vez había albergado también a su hija y que ahora solo ella habitaba.

            Logró acomodar con dificultad su espalda contra la pared cuando comenzaban los primeros síntomas del hormigueo que precede a la insensibilidad. Extrañamente no sentía dolor en el vientre, solo la tibieza de la sangre que seguía escapando.

            Se figuró que quizás su hija llegaría  providencialmente a visitarla, pero sabía que estaba lejos de allí y que si llamaba no podría contestarle. Ella luego se preguntaría en vano, de quien era el arma de la que partió el balazo que le había arrebatado a su madre, y como se explicaban sus últimos momentos.

            Comprendió, mientras se resistía a entregarse al abismo que la invitaba finalmente, que todo el tiempo transcurrido nada era, y que tanta distancia no había logrado alejarla de aquel horror en el que siempre se sintió una pobre marioneta. Al fin del camino, era la sucia arma de él la que había cumplido con un destino de cánones extraños e inexorables, ése que sólo se había dado una pausa hasta encontrarla desprevenida, sola e indefensa.

            Advirtió sorprendida la magistral ironía por la que el hilo sutil de la trama con sus razones y respuestas – que unía a aquella niña con su abuela, a la humanidad con el espanto, a la concepción y a la muerte como causa de su huída, a la distancia y la fingida identidad con el destino inexorable, a su hija ausente con la soledad del final - sólo existía en sus recuerdos, celosamente escondidos en su memoria y que se irían con ella, llevándose finalmente lo que quedaba de aquel mundo, ahora para siempre.

            Cerró los ojos azules y se abandonó al brazo caprichoso del destino. Escuchó a lo lejos la voz de su pequeña niña y vio  la sonrisa pintada en sus cachetes, palpó una vez más el rostro de su madre dibujado por los trazos serenos de su abuela y se durmió en su regazo. Su cuerpo se fue deslizando a la madera cálida del piso y cuando cesaron los latidos, los truenos en el cielo oscuro anunciaron la borrasca.
 
                                                                                         A. S.







LOS FANTASMAS









Cada hombre es una luna, con una cara escondida, que no le muestra a nadie.
( Mark Twain.)
El horror no viene de ningún lado, nos viene del alma.
(  Oscar Wilde.)


         La vaquilla negra brincó desde la línea de álamos criollos que demarcaban un flanco de la ruta. El final de la tarde con el sol hundiéndose sobre las montañas adelante, nos impidió verla a tiempo. En el postrer instante adiviné que la res cruzaría la ruta, elegí instintivamente los cuartos traseros y pegué un volantazo hacia la banquina para esquivarla y luego otro para intentar retomar el camino. El coche se cimbró, derrapó violentamente sobre el pedregullo y finalmente vino a detenerse, a un soplo de la eternidad, casi tocando la barrera de los troncos.

         Cuando se disipó la polvareda y el sobresalto nos devolvió el aliento, me di cuenta de que la negra parca, oscura como la vaca, no nos había llevado por un pelo. Mi casual acompañante, Federico Dielist, tenía los dedos clavados al tablero y los ojos desorbitados, fijos en los gruesos tocones de la trinchera de chopos, contra la que, por poco, no nos habíamos estrellado. Era un antiguo compañero de universidad devenido con los años en una figura de la política con gran predicamento en esa zona, donde, casualmente, habíamos coincidido por diferentes razones. Su vehículo había sufrido un desperfecto mecánico y aceptó gustoso mi ofrecimiento de llevarlo de vuelta hasta la ciudad desde donde ambos proveníamos.

         Descendí para mirar si los neumáticos u otra parte del auto habían sufrido algún daño, pero además de la capa de polvo no existía menoscabo alguno. Aproveché para caminar algunos pasos y estirar los músculos tiesos. Un par de minutos después también puso pié en tierra Dielist, quien estaba demudado y se desplazaba levemente encorvado, como si la tensión le agarrotara el cuerpo y anudara sus tripas contra la boca del estómago. No pronunció palabra y al cabo de un rato, con las manos temblorosas, prendió un cigarrillo que apuró hasta caldearlo mientras repetía para sí como en una letanía: -­ ¡Le vi las cuencas negras, estaban vacías, vacías mirándome!

         Hubo de transcurrir un largo rato y otro cigarrillo, hasta que mi compañero de ruta pareció volver de sus pesadillas y recuperar el tono muscular. -¿Estás bien, te pasa algo? – le pregunté. – Sí, sí – contestó con voz ronca dejando escapar el humo. – Creo que estoy bien.

         Reanudamos el viaje pero Dielist ya no era el mismo que instantes antes del accidente. Desde que subió al auto en el pueblo no paró de hablar recordando algunas anécdotas de nuestro paso por la universidad y otras muy graciosas de su experiencia en las campañas electorales. Se mostraba reluciente, completamente dueño de sí, luciendo esa imagen de aplomo y simpatía que derrochaba en cada lugar público al que asistía. Era el mismo que yo recordaba, pero más locuaz y con una personalidad mucho más fuerte. Esa misma que le había permitido destacarse por sus arengas en actos públicos donde afirmaba enarbolar la bandera de la  modernidad batallando contra lo que gustaba en llamar el mundo arcaico y sus creencias atávicas, las que – según él - eran responsables de las prevenciones contra el cambio y el progreso. Ahora, luego de que nos asomáramos al abismo insondable que fatalmente por todos espera, parecía una sombra, un despojo apenas, de quien había iniciado el viaje de retorno conmigo.

         Momentos después, cuando la ruta nos acercaba al puente sobre el río que serpentea manso entre chacras y viñedos, divisamos las altas paredes en estuco del cementerio del pueblo, teñidas de un rojo violáceo por el sol poniente, contra el verde oscuro y compacto de las cimas de los pinos aguja.

         Al pasar por delante del portón entreabierto del camposanto, hecho de negras rejas coronadas por su cruz de hierro repujado, Dielist, que iba con el cuerpo volteado hacia la ventanilla y parecía no perder detalle del transcurso de la pared de cal y fuego, bajó la cabeza y con un movimiento casi imperceptible se persignó dos veces.

         Aceleré. El auto se deslizó sobre el puente, dejamos atrás el río y avanzamos con dirección al despoblado, tratando de aprovechar el lapso de luz natural que aún le restaba al día, rumbo hacia nuestro destino.

         Ya en camino hacia la noche, mientras venían a mí recuerdos de nuestra común militancia en las ideas durante la época de estudios, le pregunté sin mirarlo: - ¿Tú, Federico, sigues siendo ateo, no?

         Como volviendo en sí, aún turbado, me contestó con cierto desdén: - No sé porqué debo siempre explicar que no soy ateo, - y agregó - simplemente no soy religioso, que no es lo mismo. No creo en prácticas y ritos que sólo son una rémora del pasado, simples atavismos que, como tantas otras anclas inservibles, todos deberían superar.

         - Si es así - le espeté – no entiendo porqué te persignaste varias veces cuando pasamos por el cementerio.- Carraspeó con fuerza como si se preparara a expresar algo, sin embargo permaneció en silencio. Aproveché entonces para apuntarle que era sugestivamente  contradictorio con sus emblemas, que hiciera la señal de la cruz o cualquier otro sortilegio, cuando pasaba frente a un cementerio.

         Dielist, francamente molesto ante mi insistencia con el tema, sacó un cigarrillo del paquete que guardaba en el bolsillo interior de su saco y luego de prenderlo echando una larga pitada, me miró y dijo mientras soltaba el humo: - No me persigno por mandato religioso, lo hago porque me queda el hábito supersticioso que me inculcaron, cuando pequeño, para espantar en esos lugares a las apariciones.- ¿Me entiendes ahora?- agregó finalmente antes de fijar la mirada nuevamente en la ruta que se colaba rauda por debajo del coche.

         Comprendí que su descargo centraba la responsabilidad de sus actos en sus mayores, al haberle impuesto creencias y ritos durante la niñez, los que ahora ya en la madurez, aún en contra de sus convicciones racionales, se hacían presentes cuando menos lo esperaba. Son esos reflejos, medité, que parecen revelarnos que en algún lugar, más allá de la edad que tengamos, seguimos siendo los mismos que éramos cuando todo en el mundo estaba por descubrirse. 

         - Pero si tú no puedes volver la hoja y dominar estas ideas y miedos profundos aún con toda tu formación – le dije entonces - ¿porqué exiges ese comportamiento a otros en tus soflamas por todo el país?- Y agregué sin más: -A mi me parece que en tu posición, especialmente, santiguarte varias veces cuando pasas por un camposanto es un claro ejercicio de hechicería, de atávica superstición, casi un exorcismo, un acto de magia que da por tierra con todo lo que amonestas.

         Resintió el golpe. Giró su rostro hacia mí y por su expresión estuve seguro de que si no hubiésemos estado en el medio de la nada él no habría dudado en bajarse. Atrapado por las circunstancias pareció – con un profundo suspiro - liberarse de su apariencia pública y me dijo: - Mira amigo, es una superstición como tú dices, pero así como uno no cree en las brujas y que las hay, las hay, yo en estos lugares tan lúgubres y solitarios no pierdo nada con persignarme para que no me hostiguen las visiones, mucho más ahora en que, hace sólo unos minutos, estuvimos a un periquete de terminar el viaje con el resto de las ánimas en el cementerio.-

         Percibí entonces que, por un instante, mi acompañante había dejado desmoronar esa máscara que nos ponemos frente a los demás y que en algunos oficios, como el de Dielist, terminan siendo los mil rostros de un espejo, donde finalmente se pierde para siempre la propia cara.

         Sin darle tiempo para que el disfraz a medio abatir volviera a su posición y ocultara a quien Federico Dielist era realmente, le dije: - Tú sabes, como yo, que no hay allí ánima alguna, y que los muertos en todo caso son tan tímidos que nunca exigen nada a quienes estamos con vida, pasemos o no, cerca de donde reposan. ¡Es difícil imaginarte temiéndoles a sus espectros!-

         Le dio una última pitada al cigarro, bajó un poco el cristal de la ventana por donde arrojó la colilla y luego, con voz grave y  a modo de confidencia me dijo: - No sé a ti, pero a mí la vida me ha obligado a hacer cosas de las que no me pensé capaz cuando joven. En la pelea por el poder nadie te da tregua ni tiene piedad y tú tampoco puedes dar cuartel. - Y luego de unos instantes de reflexión agregó: - La pura verdad es que yo no le tengo miedo a los espíritus de un cementerio, en realidad le temo a mis propios fantasmas, esos con las oquedades negras que me sobresaltan en las noches y me abordan en las soledades, como cuando las despierta un camposanto.- Y a modo de corolario exclamó: -¡Y sí, cuando nadie me ve los exorcizo, para que se vuelvan adentro, se queden adormilados, desaparezcan  o lo que sea  y me dejen vivir y olvidar!-

         Luego, como quien ha hecho una dura catarsis, se abandonó en el asiento, cerró los ojos y no volvió a pronunciar palabra hasta que lo dejé en el centro de la ciudad una hora después. Allí se despidió con un frío apretón de manos y un adiós farfullado.

         No lo he vuelto a ver personalmente desde entonces, pero sé de él pues está cada día más presente en los medios de comunicación. Su imagen, sus aseveraciones, sus estudiadas gesticulaciones y su efigie decidida, lo muestran seguro de sí mismo y cada vez  más poderoso. A veces trasciende por algún que otro hecho su fama de implacable. Su personalidad ha acaparado gran parte de la atención de la opinión pública y al parecer le espera un destino omnipotente.

         Cuando lo recuerdo en aquel viaje, estoy seguro de que sus fantasmas aún van con él, y es muy posible que se hayan multiplicado al igual que sus máscaras. Es probable que cada vez le resulte más difícil disimularlos y que se despierten ya no sólo a la vista de los cementerios sino en innumerables lugares y por infinitos motivos. Quizás un día de estos ya no haya señal que los conjure y terminen por convivir con don Federico Dielist en cada momento, arruinándole con sus vacías miradas de cuencas oscuras, la gloria de ese destino que, a fuerza de azuzar el olvido, se ha sabido ganar.

                                                                                     A. S.