25 de agosto de 2010

Jardín de Nadie




Quizás algún secreto designio nos condena al banal oficio de extraviar los días, apiñando los vestigios que abandona, inmisericorde, el tiempo en la memoria.

Cuántos conjuros imaginamos y con cuánto esfuerzo, mientras en eso perdemos lo mejor de la fiesta, a la que recién llegamos y de la que ya nos vamos.

Cuántos serios empleos, funcionarios, gerentes y pompas, cuántas inútiles carcasas para ignorar el silencioso torrente que nos arrastra y que desertará en un recodo.

Velamos de eternidad los actos fútiles y sufrimos la incertidumbre de los signos, pues fatalmente desconocemos la forma de la última nube que acariciarán nuestros ojos.

Nos empeñamos en ignorar que somos el bálsamo, el poderoso rito y la pócima. Que sólo nosotros poseemos la memoria y el olvido, la intuición y la conciencia. 

Tenemos el privilegio y el talego de saber que nos iremos, y que con nosotros partirán las estrellas, el perfume de las flores, las montañas y la frágil pátina en las alas de las mariposas.

Cuando fatalmente nos disgreguemos en motas de nada por el universo, habremos quizás amado su belleza y rozado con la punta de las yemas el secreto de ese jardín que jamás será de nadie.


                                                                               A.S.




24 de agosto de 2010

Dos Solitarios


Ulula el viento en los cipreses anunciando que  habrá nieve esta noche. Regreso extenuado de andar esas pampas infinitas. Aterido, con el paisaje incrustado en los sentidos, busco con mis manos el hogar y el fuego de los troncos.      
Con la última luz, al cerrar una tranquera del sendero en la lomada, salió del pajonal helado un jabalí macho, solitario e imponente.    
Al advertirme, metió la testuz por debajo del alambrado de siete líneas tensadas y lo alzó como si fueran hebras de telaraña. Atropelló el camino levantando polvo y se detuvo en seco, girando su monumental estampa, para medirme de igual a igual con una ojeada.   Éramos allí dos solitarios, recorriendo cada uno por su cuenta los dominios barridos por el viento. Dos criaturas libres de mundos tan dispares, apenas separadas por algunos pasos, interrogándonos en una tregua con los ojos.
Cuando sentí que era suficiente, me crucé de brazos  y quité la vista. Él bufó trazando un surco de vapor y sin más bregó hacia la llanura, mientras un chimango en un arrayán moruno y yo, deslumbrados, lo acompañamos con la mirada hasta que se perdió en la distancia. 

                                                                          A. S.

23 de agosto de 2010

El juego de la vida


A través del amplio ventanal que se abre a la meseta, soy un ocasional espectador,  un fisgón, en esa íntima ceremonia sin tiempo, que es el juego de la vida y de la muerte.

Asumo mi papel y permanezco inmóvil, absorto, dejando a los actores escogidos por un destino hermético, cumplir lo suyo en el drama de este día.

El remate de un guión siempre caprichoso, dirá que esta vez no habrá suerte para nadie y que la hubo para todos. La polilla se oculta entre la grama, vuela ondulante el zorzal a la otra orilla y el negro hurón ayuna pájaro. 

La noche fatalmente se llevó toda la escena, sólo yo soy su efímera memoria.

                                       A. S. 

Ella y el ocaso


¡Hoy volví a enamorarme! Al frenar en aquella esquina me atrapó el relámpago de esa mirada que prometía calor a mi invierno. 
 
Sentada contra el cristal de la ventana de un bar, la cereza de sus labios acariciaba un pocillo de café. 

Un escozor me apuñaló el cuerpo. En un instante sentí mis dedos deslizarse sobre su piel desnuda, su cuerpo acurrucado en la alfombra, sólo iluminado por las volutas del fuego en el hogar, mientras el sonido de su risa clara contrastaba con mi voz ronca.

No me animé a frenar el mundo e invitarla a subirse a mis sueños.

Aceleré rumbo al ocaso y la perdí de nuevo, como otras tantas veces.

                                                               A.S.



Esas aves negras


Azul de metileno pintaba el mediodía. Bajaba a pié la cerrillada, cuando resbale en la grava del sendero y me torcí un tobillo. Insulté a los vientos mi torpeza por haber perdido la mirada en los espejismos del agua del lago, batida a lo lejos por el ventisquero. El dolor, punzante, me obligó a recostarme sobre una gran piedra cortada de un tajo por el tiempo y abandonada entre los coirones.

Mientras el dolor cedía, la modorra me fue envolviendo. El paisaje, el sol en el cenit, la suave brisa y sus sonidos eran mi única compañía. Me adormilé gustoso y viví pedacitos de otras dimensiones, amores y tibias sensaciones en un amasijo regalado por el feudo de los sueños.  

No sé cuánto tiempo estuve inmóvil, con mi respiración oculta por el grueso abrigo de montaña. Desperté suavemente, abriendo los ojos a la lejanía del bajo con el lago de fondo. Y allí estaban, en la alta rama seca de una lenga cercana, dos jotes, atisbándome, con sus ojos saltones y sus cabezas rojas, esperando saber si sería su próximo almuerzo.

Reí con ganas, saqué un cigarro y lo encendí dándole una profunda pitada. Al soltar gozoso el humo, los buitres dieron por arruinada su comida y levantaron vuelo con un par de aleteos enormes y oscuros, elevándose en el viento.

Cuando reanudé la marcha, sonreía. No podía evitar la alegoría de aquellas carroñeras, fallidos comensales, con lo que muchos hombres suelen hacer por aquello de “asegurar el puchero”. A veces, decía mi padre, cuando estés tirado por uno de esos golpes con que te embosca la vida, verás como algunos te revolotean cual pajarracos de alas negras, esperando impacientes a ver si, vivo o muerto, puedes servirles de vianda.

                                                                 A. S.










Atardeceres


Los atardeceres nunca son iguales, ni lo serán. El de hoy vino con cirros naranjas que mutaban a rojos y violáceos, para apagarse en grises, contra el contraste oscuro y leñoso de la silueta de una lenga.

Su transcurrir cansino y sin pausa, fingía un croquis del río del tiempo.

Ese que fluye invisible, indiferente al cauce y en el que vamos montados fatalmente al garete, sin que lo sepa ni le importe.

El que sigue su camino mientras las profundidades abisales surgen en graníticas montañas, como esas en las que vi hoy esconderse la postrera luz. Esas cimas heladas e imponentes, cual míticos gigantes, que en cada primavera se deshacen en cascadas de arena, formando el lodo primordial del que, ahora lo sé, estamos hechos.

                                                  A. S.