Quizás
algún secreto designio nos condena al banal oficio de extraviar los días,
apiñando los vestigios que abandona, inmisericorde, el tiempo en la memoria.
Cuántos
conjuros imaginamos y con cuánto esfuerzo, mientras en eso perdemos lo mejor de
la fiesta, a la que recién llegamos y de la que ya nos vamos.
Cuántos
serios empleos, funcionarios, gerentes y pompas, cuántas inútiles carcasas para
ignorar el silencioso torrente que nos arrastra y que desertará en un recodo.
Velamos
de eternidad los actos fútiles y sufrimos la incertidumbre de los signos, pues
fatalmente desconocemos la forma de la última nube que acariciarán nuestros ojos.
Nos empeñamos en ignorar que somos el bálsamo, el poderoso rito y la pócima. Que sólo nosotros poseemos la
memoria y el olvido, la intuición y la conciencia.
Tenemos el privilegio y el talego de saber que nos iremos, y que con nosotros partirán las estrellas, el perfume de las flores, las montañas y la frágil pátina en las alas de las mariposas.
Tenemos el privilegio y el talego de saber que nos iremos, y que con nosotros partirán las estrellas, el perfume de las flores, las montañas y la frágil pátina en las alas de las mariposas.
Cuando fatalmente nos disgreguemos en motas de nada por el universo, habremos quizás amado su belleza y rozado con la punta de las yemas el secreto de ese jardín que jamás será de nadie.
A.S.





