23 de agosto de 2010

Ella y el ocaso


¡Hoy volví a enamorarme! Al frenar en aquella esquina me atrapó el relámpago de esa mirada que prometía calor a mi invierno. 
 
Sentada contra el cristal de la ventana de un bar, la cereza de sus labios acariciaba un pocillo de café. 

Un escozor me apuñaló el cuerpo. En un instante sentí mis dedos deslizarse sobre su piel desnuda, su cuerpo acurrucado en la alfombra, sólo iluminado por las volutas del fuego en el hogar, mientras el sonido de su risa clara contrastaba con mi voz ronca.

No me animé a frenar el mundo e invitarla a subirse a mis sueños.

Aceleré rumbo al ocaso y la perdí de nuevo, como otras tantas veces.

                                                               A.S.



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