Garabateo estas líneas desde uno de los tantos arrabales del mundo. Un lugar en la antípoda, de esos que no quedan de paso a ninguna parte.
Quienes aquí estamos, somos la orilla, un lugar y tiempo armado con quimeras. Al no tener un pasado real, hemos debido inventarlo, tomando como materia prima el paisaje imaginario de hombres, criaturas y cosas que nos rodean.
Quienes aquí estamos, somos la orilla, un lugar y tiempo armado con quimeras. Al no tener un pasado real, hemos debido inventarlo, tomando como materia prima el paisaje imaginario de hombres, criaturas y cosas que nos rodean.
Debes saber que todo lo que vuelque aquí es sólo la copia involuntaria y parcial de escritos ancestrales, ignorados por mi grafía. Quizá allí estribe su única originalidad.
Hoy en esa torre de Babel cada vez más grande, ruidosa y sorda que construimos sobre el cascote azul donde vivimos, trazamos signos cuyo significado quizás compartan infinitos hombres en remotos parajes. Esta promesa me tentó a escribir lo que ahora tú lees, respondiendo si se quiere, al mismo impulso de contar y trascender que depositó el viejo mensaje en la botella, dibujó las cavernas, delineó el barro de las tablillas y marcó las hojas de los libros.
Sé que el único e inevitable destino de lo aquí encuentres es el olvido. Conservo la secreta esperanza, de que los breves momentos de placer que la lectura de estos manojos de letras puedan depararte, te permitan descubrir, rompiendo el tiempo y la distancia, a quien por una casualidad ahora los escribe.
A. S.

