LAS FLORES AMARILLAS
Hoy que llueve en la desértica meseta
De gris plomo se viste la mañana.
Es el tiempo en que el sol ya se da prisa,
Y el calor se escapa de las piedras.
Cuando con los céfiros del sur,
Amanecen de otoño los colores.
Pronto las brisas de mayo mecerán
Las aún verdes hojas del lapacho,
Y arrancarán melodías espontáneas
A los atrapa ángeles
Que de sus ramas añosas
Alguna vez colgamos.
Y cobrarán brillo las amarillas flores
Del ramo que cada tanto olvidas en mi mesa,
Y el dorado de nuevos atardeceres
Se reflejará en ti acariciando a nuestros nenes.
Y volverás a dibujar
Con las flores del invierno
Los ya estériles canteros.
Y los rojos y ocres
De las hojas que se rinden
Jugarán una vez más
Con la avellana de tus ojos al mirarme.
Y brotará nuevamente aquel perfume
Que sin saberlo en tu piel llevas contigo,
Y con su sola promesa
Arrancarás de mis sienes
El otoño que avecina.
Cuando se apure la penumbra,
Y los bruñidos apenas se reflejen
A media tarde en los blancos paredones,
Apretaré con mi mano tu cintura
Hasta que Venus siga al sol en su camino.
Y cobrarán brillo las amarillas flores
Del ramo que siempre olvidas en mi mesa,
Y el dorado de nuevos atardeceres
Se reflejará en ti besando el sueño de tus niños.
Y entrada la noche nos buscaremos
Con espontáneo desenfreno.
Alborotaremos las prolijas sábanas
Escandalizando al gato que nos mira,
Cuando gozosos
Susurremos a la vida.
Y a media luz
Me enseñarás de nuevo
A exorcizar ese frío del alma,
Renovando el rito eterno
De olvidar las flores amarillas
Para que el dorado de tus atardeceres
Invoque una nueva primavera.
A. S.
HOY EN EL GRIS, TE EXTRAÑO.
Hoy confieso que te extraño.
No me preguntes porqué,
Simplemente sé que te añoro.
Me haces falta como nunca,
Mientras persigo aquellos mohines,
Que clavados en mi memoria,
Son lo primero que me viene de ti.
Quizás añoro esas manos de niña dibujando en el aire.
O tus pequeños dedos señalando un papel.
Quizás tus uñas que de tan cortitas,
Vos y yo sabemos fue tu boca la que las robó.
Cuando el día está gris y frío
Me hacen falta los colores de tus ojos.
Si las flores se niegan, necesito
El paisaje de tu cuerpo y la picardía de tu voz.
Será que evoco el brinco de tu corazón al rozarnos,
Porque el mío todavía entrega arritmias en mi pecho.
Me pregunto si recuerdas la textura de mi piel
Pues tengo adherida la sensación de tus yemas.
¿Sentirás hoy la misma ansiedad por saber de mis cosas,
Como a mí sin advertirlo me sucede por las tuyas?
¿Tendrás, me interrogo, la misma sensación de misterio
Que hoy, al imaginarte, me tensa los sentidos?
Supongo, que ya pasarán las ganas locas
Y podré soñarte sin temor a herirme.
Sin que me quites la mirada
Que a veces olvidabas en mis ojos.
Te sospecho leyendo los libros
Que tú sabes son parte de mí.
Te imagino al recorrer sus líneas,
Sonrojada mientras me encuentras allí.
Tal vez así te invado, te hago mía en secreto,
Imperceptible, como tú conmigo,
Al obligarme a añorarte en los días fríos,
Esos de niebla, lluvia y álamos desnudos.
A. S.
A. S.
DOS ARENAS
Yo soy el tiempo omnipotente, que todo lo destruye.
Bhagavad Gita.
Dicen que hay dos arenas,
reliquias del pretérito momento,
dispersas como única materia
en el vacío insustancial del universo.
Pienso que quizás sean la misma,
separadas por destinos encontrados,
impuestos y por ello involuntarios.
Unas vuelan y se arremolinan
siendo origen de lo etéreo,
son materia de espirales estelares
refractando todos los colores,
y cubriendo con pudor
la modesta obra de los hombres.
Las etéreas están predestinadas
a retozar por la holgura sin destino,
conducidas por los vientos,
acariciando basálticas murallas,
concibiendo las migajas
que arrancarán a las piedras.
La frágil memoria nunca olvide
que de arena afirman somos,
y nuestra voz quizás quede en la brisa
para viajar con ellas.
También hay otra arena,
seducida por las olas,
fundida en volcanes,
densa matriz de las montañas,
pedrusco y cemento
cimiento de nuestras efímeras obras.
Las de mortero, vedado tienen el vuelo,
quebradas sus alas sin viento.
Derretidas, apiladas, agregadas,
se hundirán en abismos,
para brotar de nuevo
en arrogantes cordilleras.
La frágil memoria nunca olvide
que de arena afirman somos,
y huella de nuestros pasos quizás quede
para hundirse y renacer con ellas.
Se reducen a nada rocas y collados,
y los hombres se ufanan
buscando por doquier razones.
Levantan sus torres con argamasa y piedra,
las bautizan como eternas
aunque sospechan del torbellino,
ese que cuando hayan partido,
las demolerá en arena.
La inasible sustancia del tiempo
arrastra el universo y todas sus criaturas,
en el sentido de la flecha se deslizan
rehenes en la implacable correntada.
Ese tiempo que no siente ni es sentido
salvo por la conciencia de los hombres,
que atrapados lo perciben y resisten
vanamente a su paso inevitable.
Es ese tiempo eterno y breve,
solitario y compartido,
que lleva a todo lo que existe
al frío final de mil caminos,
que pone desenlace a toda vida
excepto en la memoria de los hombres
que fútil resiste atrincherada en el olvido.
La frágil memoria nunca olvide
que de arena afirman somos,
y nuestro distraído recuerdo quizás quede
para que ellas dibujen utopías.
Tal vez somos la tenue partitura
que interpreta el silbido del viento,
la fugaz forma de la piedra,
el sueño en el texto de arenisca,
quizás el bosquejo del oculto sentido
cuyo plan infinito sigue el universo,
tal vez somos el inconsciente oráculo
cuyo significado jamás nos ha sido revelado.
A. S.



