27 de abril de 2014

Ella





Extraña pareja la golondrina y el árbol que en un hueco le da cobijo.
Grácil ella, trae noticias del cielo, mientras él, arraigado a la tierra y habitante de un solo paisaje,
le brinda, a cambio, el seguro abrazo de su madera.
Ella vuela en el invierno hacia otro verano y él permanece esperándola mientras crecen sus ramas.



La casualidad, esa forma del destino, nos puso piel con piel un día. A ella le bastó una mirada para saber que la soñaría por siempre. Yo he fracasado desde entonces intentando olvidarla.

En cada atardecer junto al fuego, mis manos toscas, curtidas por el tiempo y el frío de los ventisqueros, atesoraron la memoria de las suyas. Pequeñas, suaves, lozanas y cuidadas, de dedos primorosos, con uñas carmín, dibujaban palmo a palmo mi humana geografía con el ancestral lenguaje del placer.

Alguna vez me dijo que mi hablar pausado contrastaba con el tono de las voces que repicaban en sus días de cemento, que la seducía mi parquedad y mi voz grave, ésa que yo sé alimentada por el abrazo del viento, noches de humo y algunos licores de cantina.

Recorría sin descanso con sus labios entreabiertos las duras líneas de mi rostro que lucía las primeras marcas de una vida intensa con algunas canas que matizaban el contorno. Siempre le gustó susurrar en mis oídos, esos mismos que estuvieron atentos a cualquier signo de esperanza y escucharon de su boca los berrinches de la ciudad adonde la criatura, que era y es, pertenecía.

Creo que disfrutaba siendo ella misma conmigo, sin ambages o mordazas, pues se sabía lejos de todo lo conocido, envuelta por los sonidos del silencio y en brazos de alguien que pertenecía a estos paisajes, intuyendo que no la seguirla a su mundo distante.

Como nada es para siempre, un mediodía cuando un nubarrón escondió el sol, vi sus ojos calando de lágrimas sus pómulos. Esa misma tarde se marcho a su metrópoli de prisas y multitudes. En los días que siguieron enfermé con el sabor agrio de la soledad del desamparo, ésa que no sirve como refugio y que llega sin ser invitada. A ella la mantuve viva en mí por largo tiempo, me dormía deseando soñarla, hasta que sus recuerdos me anclaron de oscuridad el alma. Entonces traté con denuedo de arrancarla de mi piel, desencarnarla de mi alma, asumir que era historia y que el destino no nos deparaba otros capítulos.

Desde aquellos días tórridos de sexo y cálidas palabras, dos veces se pintaron de rojo los bosques de mis montañas y las mismas veces la nieve llegó para luego fundirse en cascadas y murmullos. Dos veces el celo chillón de los gorriones alborotó la enramada y mis viejas golondrinas negras volvieron a los techos del granero. Cada mujer que en adelante me regaló su íntima presencia, besó mis labios o me arropó en el frío, en algún momento fue ella.

Con el paso de las estaciones llegué a creer que no me hacía falta, que me bastaba con mis libros y la música, con la calidez de la gente del lugar y, quizás, con algún amor de ocasión. Y a veces creí e hice creer - salvo a mi perro que me ve sin maquillajes – que al fin lo había logrado, que la había abandonado en un recodo del pasado.

Supongo que finalmente acepté que lo nuestro era ya sólo un adiós, un no volver a reír juntos, un jamás tornar a vernos o mojarnos bajo la misma lluvia ni dormirnos en la misma noche cubiertos por idénticas estrellas. Y así me deslicé de nuevo por el sendero del tiempo de la mano de las cosas de todos los días.

Y fue entonces cuando, un día cualquiera, llegó sin más. Volvió sin aviso como lo hacen las primeras ráfagas tibias de la primavera. Se descolgó desde la ciudad de la furia, esa con sus torres forradas de cristal, como espejos que multiplican sólo las luces de neón.  

Puedo asegurar que mi piel la presintió cuando, muriendo el día, pasé por víveres al pueblo. Reinaba en el café de la esquina de la plaza, recién llegada, con sus largos cabellos enredados en los flecos de una campera que caía sobre un jean ceñido. Al descubrirnos a través del cristal, me clavó sus ojos regalándome todas las promesas con una sonrisa de pómulos henchidos, dejando al descubierto la nieve perfecta de sus dientes y unos labios apenas húmedos.

Sólo recuerdo haber pronunciado torpemente algún monosílabo, mientras ella abandonaba sensual sus brazos en mi cuello y me inundaba con su carnal perfume apretando sus pechos turgentes contra el mío. Al largo camino a mi casa, esa de troncos, piedra y estuco sobre las sierras, se lo tragó la premura. Apenas llegados, con precisión de estilista, subió a mi cuarto y tomó por asalto la cama.

En los días que tiene una semana, sólo tuve sentidos para ella. Revivió el fuego de las brasas que aún ardían, hasta dejar de mí, gozoso, sólo los restos de una hoguera. Abrazados, hicimos de cuenta que el tiempo y el espacio no existían.

La felicidad dicen que está en la mirada y quizás por ello la música de los blues me sonaba luminosa tarareada por ella, los lomos de mis libros ya no juntaban polvo sino que brillaban con vivos colores y hasta mi fiel  Argos jamás gruñó pese a que no recuerdo haberle tirado ni un hueso en días.

La hembra en celo volvió a quemarme el cuerpo, y con sus ojos cambiantes como el cielo, me marcó de nuevo la mirada. Tallé incansable con mis manos, con los labios y mi lengua, todos sus secretas redondeces, antes y después de perderme innúmero en ella. Morimos y resucitamos mil veces con el aliento entrecortado, pegados por el tibio sudor de nuestros vientres.

El alboroto de los sentidos sólo nos dejó contar el tiempo con latidos, y éste se fue escurriendo presuroso entre sus piernas y las sábanas revueltas. La pulsión de la sangre arrastró mi corazón como una ola y supe una vez más que no podría vivir sin ella.

Pero el tiempo, ese cancerbero siempre ajeno a lo humano, no me dio oportunidad de contarle lo que ahora sabía y una mañana, sin más, me dijo que partía, que no podía abandonar su vida, que volvería, quizás, muy pronto. Calló toda protesta apoyando suavemente el pequeño índice de esa mano pródiga en caricias, sobre el rictus que amanecía en mis labios. Los miles de besos que siguieron sabían a la amarga urgencia de las despedidas.

Cuando el autobús se perdió en la distancia sobre la cerrillada, me desplomé en un banco de la plaza en medio de un verano tibio que sin embargo ya me olía a otoño.

Esta noche, nuevamente, me confundiré en un oscuro rincón del pretérito bar del poblado. Hace tiempo que no llego con la puesta a la casa vacía en la loma, no cuando sé que retumbará el eco de sus suspiros entre las piedras del hogar y los troncos de los techos. No quiero apretarme a su aroma de manzanas y miel adherido a las sábanas por el almizcle de su sudor. No quiero sentir helado el cuarto, no quiero ordenar las desparramadas colchas de telar con que nos envolvimos desnudos.

Ya conozco la sensación, la he vivido antes. Sé que cuando me cerque la noche me invadirá de nuevo ese vacío, ese miedo que viene del alma, esa ausencia absoluta, ese padecer sonámbulo. Sé que no quiero empezar a olvidarla de nuevo, o tal vez, simplemente, no puedo.

                                                                                A. S.

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