DANZANDO EN EL
ABISMO
Jazmín era
algunos años mayor que yo, que con mis diecisiete recién cumplidos apreciaba
como un tesoro la rala barba que pintaba mi rostro pecoso. Era mi vecina de
enfrente y mi quimera. Vivía con su familia en el departamento “C” del sexto
piso del edificio, antiguo pero digno, al que yo me había mudado hacía pocos
meses con mis padres. Su nombre, pronunciado a media voz en los atardeceres de
sofoco, me traía el aroma dulzón y embriagante de las flores en ramillete. La
había mirado de reojo mil veces tratando que no lo notara, que no advirtiera cómo
mis pupilas hambrientas se paseaban por su talle y acariciaban las redondeces
que asomaban en su blusa o que se dibujaban, con exactitud matemática, en esos
vaqueros entallados como una segunda piel. Muchas veces habíamos coincidido en
el ascensor, con su perfume carnal inundando el pequeño habitáculo y su
respiración mezclándose con la mía que, bochornosamente, se agitaba y hacía que
mis cortas frases de ocasión sonaran tartamudas. El viaje, de apenas seis pisos
a su lado, me hacía sudar como si hubiera corrido por mi vida durante horas.
Subiendo o bajando, al entrar o salir, siempre le abría la puerta y corría la
verja interior cediéndole el paso como todo un caballero, tal como me habían enseñado
a fuerza de coscorrones. Más de una vez me pareció, al verla a través de los espejos
que adornaban la mitad superior del elevador, que ella había advertido cuando
mi mirada se perdía, inevitable, en la cadencia de sus nalgas al pasar frente a
mí. Fue un día domingo, en un verano caluroso como pocos, cerca de la
medianoche, cuando casualmente arribamos los dos a la entrada del edificio. Me
apresuré tomando mi llave, tembloroso, para abrir la puerta y permitirle el paso.
Entonces me clavó sus ojos de almendra por unos instantes y sonrió cómplice mientras
avanzaba sugerente con sus piernas desnudas con el sólo ornamento de una corta minifalda.
La seguí hasta el ascensor, supongo que con esa cara de buey que, instintivamente,
ponemos los hombres cuando nos engancha la atracción gravitatoria de una mujer y
hace naufragar cualquier intento de estudiada indiferencia. Pero esta vez Jazmín
fue la que, con su sonrisa de dientes blancos de conejo, abrió la puerta y
corrió la verja del ascensor. Y fue ella la que en esta ocasión me cedió el
paso, cerró detrás de mí y, mirándome reflejado en el espejo, apretó el botón
de la azotea, tres pisos por encima de donde estaban nuestros departamentos y muy
cerca del cielo. Fue ella la que pegó su cuerpo contra el mío apretándome
contra el rincón de espejos que nos multiplicaron infinitamente. El tiempo debe
de haberse detenido mientras mis labios buscaban su boca y mis manos subían por
sus piernas arrastrando su falda hasta apretar sus nalgas tensas y empujarla
contra mí. El ascensor se detuvo habiendo llegado a su inesperado destino y su
mano abrió apenas la reja del montacargas para evitar que éste pudiera partir
sin nuestro consentimiento. No sé si fue ella o si fui yo quien levantó su
blusa y dejó sus pechos desnudos coronados por unos pezones como aureolas de
café. Tampoco recuerdo cómo fue que mis pantalones cayeron dejando mi sexo núbil
en sus manos de uñas carmín. Para mi sorpresa no llevaba bombacha y su flor,
húmeda y cálida, se ofrecía abierta a mi avidez. Me hundí en ella con la
urgencia del momento y la inexperiencia de un adolescente. La sentí estremecerse
y gemir suavemente mientras comenzábamos a bailar apretados con ese ritmo
creciente que todos traemos en la recóndita memoria. Su mirada en éxtasis iba y
volvía de mis ojos a los espejos, y su cuello y espalda se curvaban mientras la
acometía con esa fuerza vital que, por momentos, sacudía todo el armatoste en el
que danzábamos sobre el abismo. Y cuando sentí que la ansiada pequeña muerte se
acercaba como un tren desbocado al final del viaje, un timbre agudo, afanoso, sonó
reiterado en cortos pujos, a la vez que unos golpes graves retumbaban en el
hueco. Alguien desde algún piso, allá abajo, reclamaba a gritos para que
liberaran el elevador. La magia se truncó de inmediato y ella pareció recuperar
la compostura perdida en un abrir y cerrar de ojos. Me separó de su aún ansiado
cuerpo, abrió la puerta empujándome con suavidad fuera del ascensor mientras
ponía su escueto vestuario en orden y me disparaba un beso con el mohín de un dedo
posado en sus labios. Cerró luego la puerta y el ascensor partió llevándosela,
dejándome allí, en la azotea, bajo el dintel y las estrellas, medio desnudo, y
con el mejor sexo fatalmente interrumpido. Tiempo después nos volvimos a
encontrar, pero esa, esa, es otra historia.
A.S.


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