28 de junio de 2014



DANZANDO EN EL ABISMO



Jazmín era algunos años mayor que yo, que con mis diecisiete recién cumplidos apreciaba como un tesoro la rala barba que pintaba mi rostro pecoso. Era mi vecina de enfrente y mi quimera. Vivía con su familia en el departamento “C” del sexto piso del edificio, antiguo pero digno, al que yo me había mudado hacía pocos meses con mis padres. Su nombre, pronunciado a media voz en los atardeceres de sofoco, me traía el aroma dulzón y embriagante de las flores en ramillete. La había mirado de reojo mil veces tratando que no lo notara, que no advirtiera cómo mis pupilas hambrientas se paseaban por su talle y acariciaban las redondeces que asomaban en su blusa o que se dibujaban, con exactitud matemática, en esos vaqueros entallados como una segunda piel. Muchas veces habíamos coincidido en el ascensor, con su perfume carnal inundando el pequeño habitáculo y su respiración mezclándose con la mía que, bochornosamente, se agitaba y hacía que mis cortas frases de ocasión sonaran tartamudas. El viaje, de apenas seis pisos a su lado, me hacía sudar como si hubiera corrido por mi vida durante horas. Subiendo o bajando, al entrar o salir, siempre le abría la puerta y corría la verja interior cediéndole el paso como todo un caballero, tal como me habían enseñado a fuerza de coscorrones. Más de una vez me pareció, al verla a través de los espejos que adornaban la mitad superior del elevador, que ella había advertido cuando mi mirada se perdía, inevitable, en la cadencia de sus nalgas al pasar frente a mí. Fue un día domingo, en un verano caluroso como pocos, cerca de la medianoche, cuando casualmente arribamos los dos a la entrada del edificio. Me apresuré tomando mi llave, tembloroso, para abrir la puerta y permitirle el paso. Entonces me clavó sus ojos de almendra por unos instantes y sonrió cómplice mientras avanzaba sugerente con sus piernas desnudas con el sólo ornamento de una corta minifalda. La seguí hasta el ascensor, supongo que con esa cara de buey que, instintivamente, ponemos los hombres cuando nos engancha la atracción gravitatoria de una mujer y hace naufragar cualquier intento de estudiada indiferencia. Pero esta vez Jazmín fue la que, con su sonrisa de dientes blancos de conejo, abrió la puerta y corrió la verja del ascensor. Y fue ella la que en esta ocasión me cedió el paso, cerró detrás de mí y, mirándome reflejado en el espejo, apretó el botón de la azotea, tres pisos por encima de donde estaban nuestros departamentos y muy cerca del cielo. Fue ella la que pegó su cuerpo contra el mío apretándome contra el rincón de espejos que nos multiplicaron infinitamente. El tiempo debe de haberse detenido mientras mis labios buscaban su boca y mis manos subían por sus piernas arrastrando su falda hasta apretar sus nalgas tensas y empujarla contra mí. El ascensor se detuvo habiendo llegado a su inesperado destino y su mano abrió apenas la reja del montacargas para evitar que éste pudiera partir sin nuestro consentimiento. No sé si fue ella o si fui yo quien levantó su blusa y dejó sus pechos desnudos coronados por unos pezones como aureolas de café. Tampoco recuerdo cómo fue que mis pantalones cayeron dejando mi sexo núbil en sus manos de uñas carmín. Para mi sorpresa no llevaba bombacha y su flor, húmeda y cálida, se ofrecía abierta a mi avidez. Me hundí en ella con la urgencia del momento y la inexperiencia de un adolescente. La sentí estremecerse y gemir suavemente mientras comenzábamos a bailar apretados con ese ritmo creciente que todos traemos en la recóndita memoria. Su mirada en éxtasis iba y volvía de mis ojos a los espejos, y su cuello y espalda se curvaban mientras la acometía con esa fuerza vital que, por momentos, sacudía todo el armatoste en el que danzábamos sobre el abismo. Y cuando sentí que la ansiada pequeña muerte se acercaba como un tren desbocado al final del viaje, un timbre agudo, afanoso, sonó reiterado en cortos pujos, a la vez que unos golpes graves retumbaban en el hueco. Alguien desde algún piso, allá abajo, reclamaba a gritos para que liberaran el elevador. La magia se truncó de inmediato y ella pareció recuperar la compostura perdida en un abrir y cerrar de ojos. Me separó de su aún ansiado cuerpo, abrió la puerta empujándome con suavidad fuera del ascensor mientras ponía su escueto vestuario en orden y me disparaba un beso con el mohín de un dedo posado en sus labios. Cerró luego la puerta y el ascensor partió llevándosela, dejándome allí, en la azotea, bajo el dintel y las estrellas, medio desnudo, y con el mejor sexo fatalmente interrumpido. Tiempo después nos volvimos a encontrar, pero esa, esa, es otra historia.

                                                                                                  A.S.

27 de abril de 2014

Ella





Extraña pareja la golondrina y el árbol que en un hueco le da cobijo.
Grácil ella, trae noticias del cielo, mientras él, arraigado a la tierra y habitante de un solo paisaje,
le brinda, a cambio, el seguro abrazo de su madera.
Ella vuela en el invierno hacia otro verano y él permanece esperándola mientras crecen sus ramas.



La casualidad, esa forma del destino, nos puso piel con piel un día. A ella le bastó una mirada para saber que la soñaría por siempre. Yo he fracasado desde entonces intentando olvidarla.

En cada atardecer junto al fuego, mis manos toscas, curtidas por el tiempo y el frío de los ventisqueros, atesoraron la memoria de las suyas. Pequeñas, suaves, lozanas y cuidadas, de dedos primorosos, con uñas carmín, dibujaban palmo a palmo mi humana geografía con el ancestral lenguaje del placer.

Alguna vez me dijo que mi hablar pausado contrastaba con el tono de las voces que repicaban en sus días de cemento, que la seducía mi parquedad y mi voz grave, ésa que yo sé alimentada por el abrazo del viento, noches de humo y algunos licores de cantina.

Recorría sin descanso con sus labios entreabiertos las duras líneas de mi rostro que lucía las primeras marcas de una vida intensa con algunas canas que matizaban el contorno. Siempre le gustó susurrar en mis oídos, esos mismos que estuvieron atentos a cualquier signo de esperanza y escucharon de su boca los berrinches de la ciudad adonde la criatura, que era y es, pertenecía.

Creo que disfrutaba siendo ella misma conmigo, sin ambages o mordazas, pues se sabía lejos de todo lo conocido, envuelta por los sonidos del silencio y en brazos de alguien que pertenecía a estos paisajes, intuyendo que no la seguirla a su mundo distante.

Como nada es para siempre, un mediodía cuando un nubarrón escondió el sol, vi sus ojos calando de lágrimas sus pómulos. Esa misma tarde se marcho a su metrópoli de prisas y multitudes. En los días que siguieron enfermé con el sabor agrio de la soledad del desamparo, ésa que no sirve como refugio y que llega sin ser invitada. A ella la mantuve viva en mí por largo tiempo, me dormía deseando soñarla, hasta que sus recuerdos me anclaron de oscuridad el alma. Entonces traté con denuedo de arrancarla de mi piel, desencarnarla de mi alma, asumir que era historia y que el destino no nos deparaba otros capítulos.

Desde aquellos días tórridos de sexo y cálidas palabras, dos veces se pintaron de rojo los bosques de mis montañas y las mismas veces la nieve llegó para luego fundirse en cascadas y murmullos. Dos veces el celo chillón de los gorriones alborotó la enramada y mis viejas golondrinas negras volvieron a los techos del granero. Cada mujer que en adelante me regaló su íntima presencia, besó mis labios o me arropó en el frío, en algún momento fue ella.

Con el paso de las estaciones llegué a creer que no me hacía falta, que me bastaba con mis libros y la música, con la calidez de la gente del lugar y, quizás, con algún amor de ocasión. Y a veces creí e hice creer - salvo a mi perro que me ve sin maquillajes – que al fin lo había logrado, que la había abandonado en un recodo del pasado.

Supongo que finalmente acepté que lo nuestro era ya sólo un adiós, un no volver a reír juntos, un jamás tornar a vernos o mojarnos bajo la misma lluvia ni dormirnos en la misma noche cubiertos por idénticas estrellas. Y así me deslicé de nuevo por el sendero del tiempo de la mano de las cosas de todos los días.

Y fue entonces cuando, un día cualquiera, llegó sin más. Volvió sin aviso como lo hacen las primeras ráfagas tibias de la primavera. Se descolgó desde la ciudad de la furia, esa con sus torres forradas de cristal, como espejos que multiplican sólo las luces de neón.  

Puedo asegurar que mi piel la presintió cuando, muriendo el día, pasé por víveres al pueblo. Reinaba en el café de la esquina de la plaza, recién llegada, con sus largos cabellos enredados en los flecos de una campera que caía sobre un jean ceñido. Al descubrirnos a través del cristal, me clavó sus ojos regalándome todas las promesas con una sonrisa de pómulos henchidos, dejando al descubierto la nieve perfecta de sus dientes y unos labios apenas húmedos.

Sólo recuerdo haber pronunciado torpemente algún monosílabo, mientras ella abandonaba sensual sus brazos en mi cuello y me inundaba con su carnal perfume apretando sus pechos turgentes contra el mío. Al largo camino a mi casa, esa de troncos, piedra y estuco sobre las sierras, se lo tragó la premura. Apenas llegados, con precisión de estilista, subió a mi cuarto y tomó por asalto la cama.

En los días que tiene una semana, sólo tuve sentidos para ella. Revivió el fuego de las brasas que aún ardían, hasta dejar de mí, gozoso, sólo los restos de una hoguera. Abrazados, hicimos de cuenta que el tiempo y el espacio no existían.

La felicidad dicen que está en la mirada y quizás por ello la música de los blues me sonaba luminosa tarareada por ella, los lomos de mis libros ya no juntaban polvo sino que brillaban con vivos colores y hasta mi fiel  Argos jamás gruñó pese a que no recuerdo haberle tirado ni un hueso en días.

La hembra en celo volvió a quemarme el cuerpo, y con sus ojos cambiantes como el cielo, me marcó de nuevo la mirada. Tallé incansable con mis manos, con los labios y mi lengua, todos sus secretas redondeces, antes y después de perderme innúmero en ella. Morimos y resucitamos mil veces con el aliento entrecortado, pegados por el tibio sudor de nuestros vientres.

El alboroto de los sentidos sólo nos dejó contar el tiempo con latidos, y éste se fue escurriendo presuroso entre sus piernas y las sábanas revueltas. La pulsión de la sangre arrastró mi corazón como una ola y supe una vez más que no podría vivir sin ella.

Pero el tiempo, ese cancerbero siempre ajeno a lo humano, no me dio oportunidad de contarle lo que ahora sabía y una mañana, sin más, me dijo que partía, que no podía abandonar su vida, que volvería, quizás, muy pronto. Calló toda protesta apoyando suavemente el pequeño índice de esa mano pródiga en caricias, sobre el rictus que amanecía en mis labios. Los miles de besos que siguieron sabían a la amarga urgencia de las despedidas.

Cuando el autobús se perdió en la distancia sobre la cerrillada, me desplomé en un banco de la plaza en medio de un verano tibio que sin embargo ya me olía a otoño.

Esta noche, nuevamente, me confundiré en un oscuro rincón del pretérito bar del poblado. Hace tiempo que no llego con la puesta a la casa vacía en la loma, no cuando sé que retumbará el eco de sus suspiros entre las piedras del hogar y los troncos de los techos. No quiero apretarme a su aroma de manzanas y miel adherido a las sábanas por el almizcle de su sudor. No quiero sentir helado el cuarto, no quiero ordenar las desparramadas colchas de telar con que nos envolvimos desnudos.

Ya conozco la sensación, la he vivido antes. Sé que cuando me cerque la noche me invadirá de nuevo ese vacío, ese miedo que viene del alma, esa ausencia absoluta, ese padecer sonámbulo. Sé que no quiero empezar a olvidarla de nuevo, o tal vez, simplemente, no puedo.

                                                                                A. S.

25 de agosto de 2010

Jardín de Nadie




Quizás algún secreto designio nos condena al banal oficio de extraviar los días, apiñando los vestigios que abandona, inmisericorde, el tiempo en la memoria.

Cuántos conjuros imaginamos y con cuánto esfuerzo, mientras en eso perdemos lo mejor de la fiesta, a la que recién llegamos y de la que ya nos vamos.

Cuántos serios empleos, funcionarios, gerentes y pompas, cuántas inútiles carcasas para ignorar el silencioso torrente que nos arrastra y que desertará en un recodo.

Velamos de eternidad los actos fútiles y sufrimos la incertidumbre de los signos, pues fatalmente desconocemos la forma de la última nube que acariciarán nuestros ojos.

Nos empeñamos en ignorar que somos el bálsamo, el poderoso rito y la pócima. Que sólo nosotros poseemos la memoria y el olvido, la intuición y la conciencia. 

Tenemos el privilegio y el talego de saber que nos iremos, y que con nosotros partirán las estrellas, el perfume de las flores, las montañas y la frágil pátina en las alas de las mariposas.

Cuando fatalmente nos disgreguemos en motas de nada por el universo, habremos quizás amado su belleza y rozado con la punta de las yemas el secreto de ese jardín que jamás será de nadie.


                                                                               A.S.




24 de agosto de 2010

Dos Solitarios


Ulula el viento en los cipreses anunciando que  habrá nieve esta noche. Regreso extenuado de andar esas pampas infinitas. Aterido, con el paisaje incrustado en los sentidos, busco con mis manos el hogar y el fuego de los troncos.      
Con la última luz, al cerrar una tranquera del sendero en la lomada, salió del pajonal helado un jabalí macho, solitario e imponente.    
Al advertirme, metió la testuz por debajo del alambrado de siete líneas tensadas y lo alzó como si fueran hebras de telaraña. Atropelló el camino levantando polvo y se detuvo en seco, girando su monumental estampa, para medirme de igual a igual con una ojeada.   Éramos allí dos solitarios, recorriendo cada uno por su cuenta los dominios barridos por el viento. Dos criaturas libres de mundos tan dispares, apenas separadas por algunos pasos, interrogándonos en una tregua con los ojos.
Cuando sentí que era suficiente, me crucé de brazos  y quité la vista. Él bufó trazando un surco de vapor y sin más bregó hacia la llanura, mientras un chimango en un arrayán moruno y yo, deslumbrados, lo acompañamos con la mirada hasta que se perdió en la distancia. 

                                                                          A. S.

23 de agosto de 2010

El juego de la vida


A través del amplio ventanal que se abre a la meseta, soy un ocasional espectador,  un fisgón, en esa íntima ceremonia sin tiempo, que es el juego de la vida y de la muerte.

Asumo mi papel y permanezco inmóvil, absorto, dejando a los actores escogidos por un destino hermético, cumplir lo suyo en el drama de este día.

El remate de un guión siempre caprichoso, dirá que esta vez no habrá suerte para nadie y que la hubo para todos. La polilla se oculta entre la grama, vuela ondulante el zorzal a la otra orilla y el negro hurón ayuna pájaro. 

La noche fatalmente se llevó toda la escena, sólo yo soy su efímera memoria.

                                       A. S. 

Ella y el ocaso


¡Hoy volví a enamorarme! Al frenar en aquella esquina me atrapó el relámpago de esa mirada que prometía calor a mi invierno. 
 
Sentada contra el cristal de la ventana de un bar, la cereza de sus labios acariciaba un pocillo de café. 

Un escozor me apuñaló el cuerpo. En un instante sentí mis dedos deslizarse sobre su piel desnuda, su cuerpo acurrucado en la alfombra, sólo iluminado por las volutas del fuego en el hogar, mientras el sonido de su risa clara contrastaba con mi voz ronca.

No me animé a frenar el mundo e invitarla a subirse a mis sueños.

Aceleré rumbo al ocaso y la perdí de nuevo, como otras tantas veces.

                                                               A.S.



Esas aves negras


Azul de metileno pintaba el mediodía. Bajaba a pié la cerrillada, cuando resbale en la grava del sendero y me torcí un tobillo. Insulté a los vientos mi torpeza por haber perdido la mirada en los espejismos del agua del lago, batida a lo lejos por el ventisquero. El dolor, punzante, me obligó a recostarme sobre una gran piedra cortada de un tajo por el tiempo y abandonada entre los coirones.

Mientras el dolor cedía, la modorra me fue envolviendo. El paisaje, el sol en el cenit, la suave brisa y sus sonidos eran mi única compañía. Me adormilé gustoso y viví pedacitos de otras dimensiones, amores y tibias sensaciones en un amasijo regalado por el feudo de los sueños.  

No sé cuánto tiempo estuve inmóvil, con mi respiración oculta por el grueso abrigo de montaña. Desperté suavemente, abriendo los ojos a la lejanía del bajo con el lago de fondo. Y allí estaban, en la alta rama seca de una lenga cercana, dos jotes, atisbándome, con sus ojos saltones y sus cabezas rojas, esperando saber si sería su próximo almuerzo.

Reí con ganas, saqué un cigarro y lo encendí dándole una profunda pitada. Al soltar gozoso el humo, los buitres dieron por arruinada su comida y levantaron vuelo con un par de aleteos enormes y oscuros, elevándose en el viento.

Cuando reanudé la marcha, sonreía. No podía evitar la alegoría de aquellas carroñeras, fallidos comensales, con lo que muchos hombres suelen hacer por aquello de “asegurar el puchero”. A veces, decía mi padre, cuando estés tirado por uno de esos golpes con que te embosca la vida, verás como algunos te revolotean cual pajarracos de alas negras, esperando impacientes a ver si, vivo o muerto, puedes servirles de vianda.

                                                                 A. S.